La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.213
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Yo la guardo en la estación y la llevo a mi casa, que es la de su tía; allí descansa un par de días, y luego la vuelvo a acompañar a la estación; en la de aquí la espera su doncella, que tan injustamente fué despedida. Veo que adopta usted mi plan, en el que he salvado todos los contratiempos. Ahora, dese usted prisa en escribir ese par de líneas, para que lleve yo mismo el consuelo a su sobrina.
Ya hacia tiempo que debía de haber tomado una resolución desesperada. También hacía tiempo que debía de haber venido Luis a desinfectar la habitación. En tal momento, decidí acabar con la interminable visita y con las dificultades de mi sobrina. Por lo tanto, me dispuse a satisfacer instantáneamente las exigencias del extranjero. Logró sentarme en mi butaca y escribí en mi pupitre portátil:
«Querida Laura: Ven cuando gustes. Descansa un par de días en casa de tu tía. Me entristece la enfermedad de Marian. Le deseo alivio. Te abraza tu tío, etc...»
Le entregué estas líneas alargando el brazo y caí en mi butaca, murmurando:
-Discúlpeme usted. No puedo más. Estoy deshecho. Le suplico que almuerce abajo. Dé usted recuerdos a todos. Buenos días.
El pronunció otro discurso, que yo escuché con los ojos cerrados, cuando hubo concluido me retiré a mi cuarto, mientras Luis fumigaba mi salón. Tales precauciones surtieron el efecto esperado, y puedo felicitarme de que mi estado de salud, ya tan deplorable, no haya sufrido una nueva complicación.
Después de una ligera siesta, desperté fresco y de buen humor. Mi primera pregunta fué para enterarme si ya nos habíamos librado del conde. Efectivamente, se había marchado en el tren de la tarde. Sólo había almorzado unos pasteles, frutas y leche. ¡Pasteles, frutas y leche! ¡Qué organización la de ese hombre!
Espero qué no desee nadie que cuente algo más. Los espantosos acontecimientos que después tuvieron efecto no ocurrieron, por fortuna, en mi presencia. Yo obré como mejor me pareció. Por lo tanto, ninguna responsabilidad me cabe en una desgracia por completo imprevista y que me ha trastornado de tal forma que mi ayuda de cámara asegura que nunca me repondré de ese golpe. ¿Qué otra cosa puedo decir?
CONTINÚA LA HISTORIA ELISA MICHELSON, AMA DE LLAVE
DEL CASTILLO DE BLACKWATE
Me piden que cuente claramente la parte conocida por mí de la enfermedad de la señorita Halcombe y de las circunstancias posteriores que hicieron que abandonara el castillo y se dirigiera a Londres. Dicen que mi testimonio aclarará tan obscuro suceso. Soy hija de un pastor, y las necesidades me han reducido a mi condición. Pero el origen de que me enorgullezco me ha enseñado a respetar, sobre toda clase de consideraciones, la verdad.
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