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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.212

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Comprendo perfectamente que deseará usted saber si Sir Percival querría, en uso de su derecho, reclamar a su esposa. Para acallar sus escrúpulos, he venido, prescindiendo de molestias personales, a darle mi palabra de honor de que, mientras Lady Glyde se albergue en esta casa, Sir Percival no se acercará a ella, ni dará la menor molestia a sus moradores. Y aún tan pronto como Lady Glyde se encuentre a su lado, él partirá para el continente. ¿Desea usted saber algo más? He venido para eso, señor Fairlie. Pregunte lo que guste.
Aquel individuo me había dicho ya mucho más de lo que yo quería saber, y, a pesar de esto, el asesino parecía dispuesto a continuar. Por lo tanto, le dije:
-El estado de mi salud me impide profundizar en las cosas. Prefiero darme por satisfecho. Espero que tendré otra ocasión de...
Se levantó. Yo pensé que se marcharía, pero el monstruo tuvo la osadía de aproximar más a mí el foco de infección de su persona.
-Un instante, antes de separarnos -continuó el vil italiano-. Debo hacerle observar lo conveniente que seria adoptar esta medida urgentemente. No es posible pensar en que se restablezca la señorita Halcombe para llevarla a cabo. Está perfectamente atendida, tiene cuantos cuidados precisa, prodigados por personas de cuya fidelidad respondo con mi, cabeza. Pero no siendo posible contar con Lady Glyde para que la atienda, por su mismo estado de salud, su posición es cada día más difícil al lado de su esposo, y es posible que en un momento de excitación pudieran, uno u otro, dar un escándalo que sin duda caería sobre la familia. Por eso le suplico que no prolongue usted el instante de escribirle diciéndole que venga inmediatamente, aunque no sea más que por evitarse usted la atroz responsabilidad en que caería si por un pequeño retraso sobreviniera una catástrofe.
Le miré, deseando que mis ojos tuvieran la fuerza de un ariete que lo arrojara en medio del arroyo, pero mi rostro no pareció causarle la menor impresión. Con toda seguridad, no poseía nervios.
-¿Duda usted, señor Fairlie? Comprendo su vacilación. ¿Piensa usted, acaso, que el viaje es demasiado largo para que lo realice una persona tan joven, delicada e inexperta como Lady Glyde, y que tampoco podrá hospedarse en Londres un día, por no encontrarse sola en un hotel? Sus reparos son justos y quiero solucionarlos. Al regresar a Inglaterra, mi esposa y yo pensábamos establecernos en las cercanías de Londres. En la actualidad hemos realizado nuestros proyectos, y poseemos una linda finca en el bosque de Saint John. Escuche usted ahora mi plan: Lady Glyde viaja desde su castillo a Londres, viaje corto y cómodo.


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