La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.211
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Sin embargo, la sensación que tenía era de sorpresa. ¡Una joven tan fuerte y enérgica! Con toda seguridad, habría ocurrido algún accidente.
-¿Es grave? -pregunté, observando por vez primera la palidez de mi interlocutor.
-Si, grave, sí bien no mortal. De resultas de una mojadura muy grande, la señorita Halcombe ha enfermado de fiebres.
Cuando oí la palabra fiebres y recordé que aquel hombre sin entrañas venía directamente de Blackwater, creí por un momento que me desmayaría allí mismo.
-¡Dios santo! ¿Y las fiebre son infecciosas?
-De momento, no -dijo con espantosa serenidad-. Es posible que lo sean, pero esta complicación no había surgido aún a mí salida del castillo. Puede usted aceptar, mi palabra de que la fiebre, por el momento, no es infecciosa.
Yo no quería aceptar nada de aquel sujeto gordo y amarillo, que parecía la imagen de la peste ambulante. Decidí instantáneamente deshacerme de él lo antes posible. Por tanto, le dije:
-Me disculpará usted, pero las conversaciones largas perjudican extraordinariamente a mi salud. Por lo tanto, le ruego que me diga brevemente el objeto de su visita.
Yo supuse que esta indirecta le obligaría a darme algunas disculpas y, sobre todo, a marcharse. Pero, por el contrario, se acomodó mejor en la silla y me lanzó una mirada gris desagradablemente investigadora.
-Mi visita tiene dos objetos -dijo imperturbablemente-. En primer lugar, vengo a confirmarle, con mi más hondo sentimiento, las desavenencias conyugales de Sir y Lady Glyde. Soy el más íntimo amigo de Sir Percival y tío político de su esposa. Habiendo sido testigo de todo lo allí sucedido, puedo asegurarle que la señorita Halcombe no ha exagerado nada en su carta, y que la solución propuesta por esta encantadora señorita es la única que puede evitar el horror de un escándalo público. Una amistosa separación temporal acabará con todas las dificultades. Que, de momento, se separen, y cuando el tiempo haya apaciguado los ánimos, yo me encargaré de hacer entrar en razón a Sir Percival. Por lo que se refiere a Lady Glyde, no puede, al dejar la casa de su esposo, ir a otra que a ésta.
En resumidas cuentas: al sur de Inglaterra se desencadena una tormenta matrimonial, en vista de lo cual viene aquí un hombre, portador de enfermedades infecciosas en cada arruga de su ropa, a invitarme a mí a que sufra las consecuencias. Traté de hacérselo comprender, pero, interrumpiéndome, continuó:
-Ya ha oído usted el primer objeto de mi visita. El segundo es sustituir a la señorita Halcombe, a quien su enfermedad impide venir. Como la enferma no hace nada sin consultármelo, me mostró su carta y comprendí al instante las explicaciones que quería usted antes de tener el placer de recibir a su sobrina.
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