La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.210
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Pero ni hizo nada de esto. Vestía irreprochablemente, en tonos pálidos, agradables a la vista, y poseía unas suaves maneras que tranquilizaban el ánimo. En resumidas cuentas: la primera impresión fué muy favorable.
-Permítame que me presente yo mismo. Tengo el honor y la dicha de ser el esposo de su hermana, y vengo de Blackwater.
-Encantado de conocerle. Perdone usted que no me levante, pero soy tan sólo un manojo de nervios.
-He estudiado concienzudamente el interesante funcionamiento de los nervios. Si usted me lo permite, voy a variar un poco la luz de esta habitación.
-Hágalo, si cree usted que ha de aliviarme.
Se dirigió hacia la ventana con silencioso y leve paso, muy distinto al de mi querida Marian.
-La luz -dijo en un tono bajo y armonioso- es un don para los nervios enfermos; es el primer alimento. La luz estimula, alimenta y preserva. Si a usted, por estar demasiado débil, le es imposible recibir los rayos solares sobre su persiana, deje que entren en su habitación y permita que este calor avive su doliente circulación.
La teoría me parece muy aceptable, y el conde mejoró más en mi opinión.
-Señor Fairlie, le confieso que me siento confuso ante usted.
-Me sorprende usted. ¿Puedo preguntarle a qué se debe eso?
-Al entrar en esta estancia, en la que usted soporta sus dolencias, y verle rodeado de tantos objetos de arte, tan bellos, he pensado que yo, a quien también entusiasma todo lo hermoso, disfrutaría muchísimo pudiendo cambiar impresiones artísticas con un perito como usted. Pero, muy a mi pesar, tengo que dejar a un lado ese placer, pues tengo la necesidad de poner en su conocimiento algunos hechos tristes de orden familiar.
¿Fué en ese instante cuando comencé a darme cuenta de que la charla no resultaba pesada?
-¿Es absolutamente preciso que yo los conozca?
Afirmó con la cabeza.
-Pues hágalo despacio, si no tiene inconveniente -dije, recostándome y entornando los ojos-. ¿Ha fallecido alguien?
-¿Fallecido? -exclamó el conde, exaltándose innecesariamente-. ¿Por qué sospecha usted tal cosa?
-Perdóneme usted, pero siempre tengo por costumbre empezar por lo peor. ¿Está alguien enfermo?
-Esa es una de las malas noticias de que soy portador. Sí, señor Fairlic, tenemos la desgracia de que la señorita Halcombe esté enferma. Es muy probable que esta lamentable noticia no sea inesperada para usted, pues el no tener contestación a su última carta, se lo habrá hecho sospechar, dado su afectuoso interés.
No dudo que mi afectuoso interés se habría figurado, eso y muchas más cosas, pero como mi memoria es tan sumamente débil no puedo recordarlo en este instante.
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