La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.209
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Antes, de ninguna manera.
Sospecho que Marian vendrá en un estado de virtuosa ira, que se traducirá en portazos. Pero como es posible que los de Sir Percival fueran aún más fuertes, prefiero los primeros, que, por lo menos, me son ya familiares.
Tan continuadas fatigas bien merecían tres días de completa quietud, pero no los tuve. Al tercer día, el correo puso en mis manos la cara de un impertinente que se llama socio de nuestro hombre de negocios -el querido Gilmore, con su cabeza tan parecida a la de un cerdo-; me informaba este individuo que había recibido una carta con el sobre escrito de puño y letra de la señorita Halcombe, pero que no llevaba sino un pliego de papel en blanco; que inmediatamente escribió a dicha señorita pidiéndole alguna explicación, pero que no habló obtenido respuesta; que todo aquello le parecía muy sospechoso, y que por eso acudía a mí -claro-, por si podía darle algún dato sobre el hecho.
Le repuse con una de mis más irónicas cartas -sólo comparable a la que envié, a aquel infeliz de Hartright-, comunicándole lo improcedente de su conducta y suplicándole que me dejara tranquilo.
La carta surtió efecto y no volví a saber más del leguleyo.
Tuve también la agradable sorpresa de no saber nada de Marian. Esto me consuela, pues pienso que las dificultades del matrimonio han concluido y que todos están perfectamente, y yo mejor que todos.
Al sexto día, Luis volvió a aparecer ante mí sin ser llamado.
-¿Qué ocurre? -dije alarmado-. ¿Otra muchacha? No puedo recibirla. El otro día no me sentó bien aquella visita. No, no estoy visible.
-No, señor. Es un caballero.
-Esa es distinto. Mire la tarjeta.
¡Dios santo! Era el marido extranjero de mi inaguantable hermana: el conde Fosco. La primera impresión que tuve fué de que venía a pedirme dinero.
-Luis -pregunté-, ¿cree que se marchará si le da usted cinco chelines?
Luis me miró con asombro, y me asombró a mí también al decirme que mi desconocido cuñado vestía como un príncipe y parecía la personificación de la abundancia. Entonces cambié de parecer, y supuse que el conde tendría dificultades matrimoniales y venía a descargarlas sobre mis espaldas.
-¿No ha dicho qué deseaba?
-El señor conde ha dicho que ha venido porque a la señorita Halcombe le es imposible hacerlo.
¡Más complicaciones! Ya me parecía raro que Marian no lograse salirse con la suya. Me llené de resignación y dije:
-Que pase.
A primera vista, el aspecto del conde me alarmó. Era una persona tan voluminosa, que me hizo temblar el pensamiento de que estremecería el suelo, derribando mis tesoros.
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