La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.208
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La muchacha tomé el té y cinco minutos después, según propia confesión, cayó desmayada por primera vez en su vida. - Esto es muy interesante, indudablemente, para su médico, pero a mí me importa un comino. Cuando una hora después volvió en si, se halló echada en un diván, sin otra compañía que la posadera. La condesa, según dijo ésta, no había podido detenerse más y partió a los poco minutos. Lo primero que hizo la muchacha fué buscar en su seno -lamento tener que nombrar esta parte de su cuerpo-, hallando las cartas en su sitio, si bien muy arrugadas. Durante la noche sufrió de mareos, pero a la mañana siguiente pudo proseguir su viaje. En Londres puso al correo la misiva destinada al desconocido residente en aquella capital, y ahora ponía en mis ramos la otra. Esta era toda la verdad, y ahora la muchacha estaba muy intranquila por no haber podido ocuparse de los encargos que le encomendara la señorita Halcombe, que quizá fueran muy importantes, concluyendo por pedirme consejo sobre si debía escribir a la señorita Halcombe o no.
-Deje usted las cosas tal como están -repuse yo-. Por principio, yo dejo siempre todo tal como está.
Tan pronto quedé solo, di una cabezada, que ya se me estaba haciendo indispensable después del pasado esfuerzo.
Tras un rato de descanso, tomé la misiva de Marian. Pero, antes de abrirla, me permito insinuar, como consideración de carácter general, la injusticia de los que hemos permanecido solteros; a fin de quitarnos de encima toda clase de cuidados y molestias, nos vemos en la obligación de compartir los de los casados. Mi hermano Felipe se casó y se murió, y tuvo la desconsideración de encargarme a mí de su hija, bella y encantadora criatura, es cierto, pero que me hacía contraer una atroz responsabilidad. Con grandes trabajos y dificultades pude casarla con el hombre elegido por su padre. Soporta de muy mala gana el matrimonio, y entonces acude a mí, como estoy seguro que dirá la carta. ¡Pobres solteros! Excuso decir que la carta de mi querida Marian es una amenaza; toda clase de calamidades caerá sobre mi inocente cabeza si dudo en convertir a Limmeridge en asilo de mi sobrina. Y, no obstante, vacilo...
He dicho anteriormente que siempre cedo ante los deseos de Marian, pero en este caso la cuestión es grave. Si abro esta casa para Lady Glyde, y la persigue de cerca su marido, furioso, sospecho la serie de escenas que tendrán lugar, a cual más molesta, y en las que, desgraciadamente, tendré un papel principal. Por tanto, he decidido escribir a Marian diciéndole que comience viniendo aquí, y si logra contestar a entera satisfacción todas mis preguntas y objeciones, tendré entonces mucho gusto en recibir a mi deliciosa sobrina.
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