La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.207
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Esto, de por sí, me pareció un mal síntoma, pero la situación se hizo crítica cuando, con su más meliflua sonrisa, me enteré de que una joven llamada Faniry deseaba verme.
-¿Quién es Faniry?
-La doncella de Lady Glyde, señor.
-¿Y qué es lo que desea la doncella de Lady Glyde?
-Trae una carta, señor.
-Dígale que se la entregue a usted.
-Dice que tan sólo se la entregará a usted en propia mano, señor.
-¿Y quién envía la carta?
-La señorita Halcombe, señor.
Luis aseguróme con toda seriedad que el silencio de sus zapatos. Hizo a la joven que sus zapatos no hacían ruido. Pero, ¿por qué a las criadas les sudarán siempre las manos? ¿Y por qué tendrán los rostros tan inexpresivos? No soy lo bastante saludable para consagrarme a estos estudios sobre la raza sajona; sólo esbozo esta idea para que la desarrollen personas competentes.
-¿Trae usted una carta para mí? Tenga la bondad de dejarla sobre esa mesa. ¿Cómo están Milady y la señorita Halcombe?
No obtuve respuesta. Humedeciéronse los ojos de la joven, ¿Serían lágrimas? Yo me limité a cerrar los ojos y a ordenarle a Luis que procurase enterarse de lo que quería.
No se pretenderá de mí que repita punto por punto la conversación de los dignos criados. Haré solamente un extracto de lo que pude entender.
La chica comenzó por decir que su amo la había despedido -y esto, a mí, ¿qué me importaba?-; que entre las seis y las siete se encaminó a la posada de pueblo -¿y a mi qué?-; que poco rato después llegó la señorita Halcombe y le dió dos cartas, una para un señor de Londres -por mi parte, que lo cuelguen-; que conserva con todo cuidado las dos cartas, y que al irse la señorita Halcombe se sintió tan desgraciada que no pudo probar bocado -soez lenguaje-; sin embargo, a las nueve creyó que podría tomar con gusto una taza de té -así acaban siempre las calamidades de esta clase de gente-; mientras se hallaba calentando la tetera abrióse la puerta y se quedó de piedra al ver entrar a la señora condesa. Doy con satisfacción este título a mi hermana, titulo con que la designa la doncella de mí sobrina. Mi pobre hermana es una mujer inaguantable, que, siendo ya vieja, casóse con un extranjero. Prosigamos: La señora condesa... No puedo continuar. Me tumbaré y seguiré dictando. Luis tiene un espantoso acento suizo, pero escribe el inglés con bastante corrección. Repito que entró la señora condesa diciendo que iba de parte de la señorita Halcombe, que había olvidado algunos encargos. La joven quiso recibirlos en el acto, pero la condesa, que estuvo extraordinariamente cariñosa, no quiso decir una palabra hasta que la joven tomara su té, llevando su bondad hasta el extremo de preparar ella misma el brebaje para la estupefacta muchacha y tomar una taza también -no entiendo esta ostentación de ridícula humildad-.
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