La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.205
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Se convencerá usted de que soy un amigo digno de haber recibido esa pequeña ayuda económica a la que con tanta delicadeza aludía usted no hace mucho. De nuevo le digo que le perdono. Estrechémonos las manos y tenga usted buenas noches.
No oí ninguna palabra más. Se cerró la puerta y oí a Percival colocar las barras en las ventanas. Durante toda la conversación, la lluvia había caído incansablemente. Cuando intenté moverme, mis músculos se negaron a ello. Estaban entumecidos. Apenas si pude mover mis dormidos pies, que la humedad había traspasado. Apoyándome en la pared de la casa, llegué temblando hasta mi ventana. Cuando entré en mi habitación, era la una y cuarto. Nada había visto ni oído que me hiciera sospechar que habían descubierto mi espionaje.
I
Día 20 de junio.
Son las ocho de la mañana. Brilla el sol en un cielo magnífico. No me he acostado ni he podido cerrar los ojos. Desde la ventana en que anoche contemplaba la lluvia, contemplo ahora el sol. No puede decir cuándo dejé el lugar de mi observación, ni cómo encontré de nuevo el camino de mi alcoba, así como tampoco cómo conseguí cambiar mi ropa por estos vestidos secos. Sé que he hecho todo esto, pero no sé más.
Mi cabeza dolorida se niega a recordar las horribles palabras pronunciadas que escuché allí, y tampoco recuerdo en qué hora aquel espantoso frío que me estremecía se ha convertido en este intolerable calor. Sé que decidí no decir nada de lo que había escuchado, y que me dispuse a apresurar todo lo posible la marcha de Laura de aquel horrible lugar. Recuerdo que en vez de acostarme trasladé fielmente a mi diario la conversación sorprendida. Las frases que quedan en él justifican cualquier paso que demos en lo sucesivo. ¿Pero por qué estoy sentada aquí todavía? ¿Por qué canso mis ya fatigados ojos y mi cabeza calenturienta escribiendo más? ¿Por qué no acostarme y combatir de una vez la fiebre que me devora?
Me da miedo este calor que me abrasa y estos golpes que siento en mi cabeza. Me da miedo no poderme levantar si me acuesto.
No sé si han dado las ocho o las nueve. No puedo saberlo. Creo que son las nueve, y en pleno verano estoy tiritando de frío. Tampoco sé si he dormido. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Me da miedo enfermar.
No veo lo que escribo. Tengo frío. Las campanas del reloj me suenan dentro de la cabeza...
NOTA
Aquí termina de ser legible el diario de Marian Halcombe. Las líneas que siguen son rayas y borrones. Hay dos letras escritas al final, y parece que son una L y una A.
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