La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.204
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¿Tiene usted sospechas de algún miembro de la casa?
-No. Era una pensionista de excelente conducta, y esto ha sido motivo de que las guardianas, por imbecilidad, tuvieran en ella demasiada confianza.
-Dígame, Percival, ¿dónde está el peligro? Unicamente sabiéndole podré combatirle.
-Ana Catherick anda por aquí, y se ha puesto en contacto con mi mujer. Ese es el peligro. Me temo que Lady Glyde conozca ya ese secreto.
-Perdón, Percival. Si el secreto le compromete a usted, ninguna persona más interesada en guardarlo que su mujer.
-Así sería si yo le importara algo, pero para ella soy solamente un estorbo. Cuando se casó conmigo, estaba enamorada de un desventurado, un pintorzuelo llamado Hartright.
-Esto no tiene nada de particular. A muchos maridos les ocurre lo mismo.
-Perdóneme usted, conde. Aun no he terminado. Hartright fué el que estuvo mezclado con la fuga de Ana Catherick. Fué él, además, la única persona que le habló en Limmeridge. Probablemente, él también conoce el secreto. El interés de los dos sería entonces el de hacerme desaparecer.
-Cálmese, Percival. Tiene usted un juicio muy deficiente de la virtud de su esposa.
-Me tiene sin cuidado la virtud de mi esposa. Creo únicamente en su dinero. Probablemente, ella sola no se atreverá a nada, pero está en manos de ese villano.
-¿Dónde está ese señor Hartright?
-Fuera de Inglaterra.
-¿Está usted seguro de ello?
-Completamente, Fosco. Desde que salió de Cumberland hasta que embarcó, he hecho que le vigilen constantemente, y si quiere conservar la piel, que procure no volver. Por lo que respecta a Ana, he gastado mucho dinero para encontrarla, y ya ve usted que hasta se escapa de mis manos en mi propio castillo. Lo único que faltaría es que volviera ese Hartright de todos los diablos y se pusieran los dos contra mí.
-Comprendo perfectamente que el primer paso que hay que dar es conseguir echarle el guante a la loca. Vi su figura la tarde en que habló con su mujer. Pero me fué imposible verle la cara. Le ruego que me dé algunos detalles, por ver si puedo encontrarla.
-¿Detalles? Se lo diré a usted en pocas palabras. Es exactamente a mi mujer.
-¿Cómo? -exclamó el conde con sorpresa.
-Imagínese usted que Laura ha salido de una grave enfermedad y que su mirada se ha extraviado un poco; tendrá usted entonces a Ana Catherick.
-¿Son parientes?
-No.
-¿Y se parecen tanto?
-Sí.
-Si es así, reconoceré inmediatamente a Ana Catherick. Tranquilícese, Percival. Ya veremos qué es lo que nos trae el nuevo día. Me atrevo a darle a usted mí palabra de honor de que pagará usted sus deudas y que todo se resolverá perfectamente.
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