La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.203
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Su dificultad estriba en un nombre solamente: el de Ana Catherick.
-Bien, Fosco, los dos nos hemos ayudado el uno al otro siempre que hemos tenido ocasión. En algunos casos, usted me ha tendido una mano para que salvara determinadas situaciones difíciles. Yo también le he ayudado con préstamos en dinero. Esto, sin embargo, no quiere decir que no tengamos secretos uno para el otro.
-Esto quiere decir que tiene usted para mi un secreto.
-Bien. Aunque así fuera, puesto que no le interesa a usted, no tiene por qué demostrar curiosidad.
-¿Acaso la demuestro?
-Claro que sí.
-¡Qué grandes tesoros de inocencia guarda el corazón humano! Tengo que llegar a mis años y darme cuenta de que no soy capaz dé disimular un sentimiento de poca importancia. Pero, bueno, le he de confesar a usted que tengo esa curiosidad. Ahora bien, por lo que veo, me pide usted que respete ese secreto y que no trate de averiguarlo.
-Exactamente, es eso lo que le pido a usted.
-Pues bien, se terminó mi curiosidad. Desde este momento, considérel
usted muerta
-Perfectamente, conde. No tengo absolutamente ninguna confianza en su
palabras, porque conozco perfectamente su doblez
Oí el crujido de la silla indicándome que el conde se había puesto en pi
violentamente. -Percival- oí que exclamaba con indignación-, me convenzo totalmente de qué no me conoce usted. Yo soy un hombre de otra época. Me considero capaz de llevar a cabal los más sublimes actos de virtud, siempre que tenga ocasión para ello. Sin embargo, pocas veces, por desgracia, se han presentado en mi vida. Podría arrancarle a usted ese secreto, y usted lo sabe perfectamente, pero no lo haré. Mis sentimientos no me lo permiten. Esto tiene que reconocerlo usted, y si es así, no hablemos más. Deme la mano y le perdono.
Oí que Percival se excusaba, pero la magnanimidad del conde Fosco no s
lo permitió. Preguntó entonces con franqueza
-Necesita usted una ayuda, ¿verdad
-Sí, más que nunca
-Bien, dígame en qué puedo ayudarle
-Ya sabe usted que he tratado inútilmente, de encontrar a Ana Catherick
-En efecto, así es
-Pues, querido conde, si no la encuentro estoy perdido
-¿Tan grave es eso
-Gravísimo. Ya conoce usted la carta que encontré en manos de mi mujer
Por ella puede usted comprender sin ninguna dificultad que conoce e
secreto, porque bien claro lo dice
-¿Se lo ha descubierto usted? -No. Ha sido su madre.
-¡Por Dios! ¿Su secreto en manos de dos mujeres? Realmente, esto es terrible. Comprendo ahora perfectamente la razón por qué la ha encerrado usted en el manicomio. Lo que no acabo de comprender es su fuga.
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