La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.202
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Ya le he dicho a usted, Percival, que su cuñada ha vuelto a escribir al abogado.
-¿Cómo ha logrado usted descubrirlo? ¿Qué le decía?
-El contárselo a usted implicaría perder tiempo. Por ahora, basta con que lo sepa. Ayúdeme a refrescar la memoria con respecto a sus asuntos. Momentáneamente ha conseguido usted el dinero por medio de pagarés. Cuando éstos venzan, ¿qué tiene usted para responder?
-Nada.
-¿Nada, absolutamente nada?
-Absolutamente, excepto en el caso de la muerte de mi esposa
-¡Ah
Hubo un momento de silencio. La condesa acercóse a la ventana. Su agud
perfil se destacó en la sombra. Vi extenderse su mano y oí murmurar
-Lluvia otra vez
Llovía, en efecto. El oscuro impermeable que me protegía chorreaba agu
por todos lados
-Y si muriera su esposa, ¿qué es lo que usted obtendría
-No habiendo descendencia, las veinte mil libras de su fortuna personal
-¿Se le pagarían a usted
-Se me pagarían
Se produjo otro momento de silencio
-Percival -preguntó el conde-, ¿ama usted mucho a su esposa
-¿Por qué me hace usted esa pregunta, conde
-No quiere usted contestar, ¿verdad? Bien. Supongámonos que su espos
muriera antes de terminar el verano..
-Ni una palabra más..
-En éste caso -continuó impasible la voz del conde-, ganaría uste
veinte mil libras y quedaría libre de todo compromiso. -Usted también gana con ello. Por lo visto, su interés hacía mí le ha hecho a usted olvidar que con la muerte de mi esposa cobrará usted también las diez mil libras de su herencia. A pesar de su indiferencia, demuestra usted
un capital interés por el legado de la señora Fosco. Por favor, no me mire usted de ese modo. Con esa calma y esas palabras me hace usted temblar. -¿Se llama así a la conciencia en inglés? Los abogados habían también de
muertes posibles al extender un testamento. Nadie se horroriza por eso. En resumen, en el caso de vivir su esposa, necesita usted su firma en el documento para poder pagar, y si se muere paga usted con mi dinero que ya es suyo.
Apagóse en este momento la luz de la ventana de la condesa y quedó así a oscuras todo el primer piso.
-Oyéndole a usted parece como si el pergamino estuviera ya firmado.
-Según mi sistema, no tardará en estarlo. Y ahora que el asunto está arreglado, continúa usted teniéndome a su disposición si quiere consultarme sobre otro particular. Hable, y perdóneme si molesto gustos tomando otro vaso de agua de azúcar.
-Dice usted muy fácilmente que hable, pero no es tan sencillo.
-Bien, le ayudaré yo -insinuó el conde-.
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