La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.201
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Uno, a fuerza de golpes, procedimiento puesto en práctica por las clases más bajas de la sociedad y totalmente rechazado por los hombres que poseen un cultivado ingenio. El segundo, más largo y de proceso más difícil, consiste en imponerse a ellas por la fuerza y potencia del carácter lo mismo que se hace con los niños y con los animales. Y tengamos en cuenta que las mujeres no son más que animalitos preciosos. Sobre todo, una de las principales máximas de este sistema consiste en no perder jamás ante su presencia el dominio de uno mismo, y usted lo único que ha hecho ha sido perderlo en todas las ocasiones que ha tenido usted a mano. Su endiablado carácter hizo fracasar el asunto de la firma, y, además, el que su cuñada escribiera al ahogado por primera vez.
-¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? ¿Ha escrito acaso otra?
-Sí, hoy.
Cayó una silla con estrépito, como si la hubieran aplicado un puntapié, y esto disimuló el ruido que hice al apoyarme sobre la persiana. ¿Me habían seguido? ¿Eran suposiciones nada más? ¿Cómo podía ese hombre saber, puesto que la carta había pasado de mi mano directamente al pecho de la muchacha?
-Dele usted gracias a su buena estrella -continuó el conde-. Dele gracias por estar yo a su lado, y dé gracias también porque yo me negara cuando intentó usted encerrar a la señorita Halcombe, como había encerrado a su esposa. Usted no tiene ojos en la cara para ver la energía y voluntad masculinas que tiene esa mujer. Si yo tuviera una mujer así, movería el mundo con dos dedos. Pero teniéndola por enemiga, yo, a quien usted ha honrado tantas veces comparando con el diablo, tengo que andar por aquí, como se dice vulgarmente, cuidando de no pisarme el rabo. A esta criatura espléndida, que, firme como una roca, se interpone entre esa débil y maravillosa muñeca que tiene usted por esposa y nosotros; a esa magnífica mujer, a quien con toda mi alma admiro, aunque sea enemiga a mis intereses, ¿ha pretendido usted encerrarla como a una niña en la escuela? Percival, he de decirle que ha merecido usted su derrota.
Escribo en este diario estas palabras dedicadas por aquel canalla, para demostrar únicamente mi respeto a la verdad.
-Resulta muy fácil llamarme salvaje y brutal -replicó mi cuñado-, pero no tanto decir lo que hemos de hacer.
-Lo primero, es que no se meta usted absolutamente en nada, y que, a partir de esta noche, lo deje todo en mis manos.
-¿Y qué es lo que piensa hacer?
-De momento, hay que ver cómo se desarrollan los acontecimientos durante estos días.
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