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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.200

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Pero ni siquiera esto me detuvo, pensando que podría así obtener algunas noticias de gran interés para el porvenir de mi hermana. Sin otra vacilación, comencé a andar por el peligroso camino. Al pasar ante la habitación de la condesa, vi que aquélla tenía todavía luz, y vi la sombra de la mujer como sí paseara tranquilamente. Procuré pasar sin el menor ruido, y lo conseguí sin duda, porque no se acercó a la ventana. Cuando me instalé en el lugar destinado para mi observatorio, oí el rumor de las mecedoras, lo que me dió a entender, como yo suponía, que se habían sentado ante la ventana. Durante el primer momento me sentí tan alterada por lo arriesgado de mi posición, que pude oír únicamente las palabras de Sir Percival reprochando a su amigo el haber descuidado sus intereses, y oí también la voz del conde Fosco defendiéndose negligentemente. Dijo que valía mucho más dilatar determinadas conversaciones, si no se podían tener todas las garantías de éxito y, sobre todo, de seguridad, pero que ahora nadie les interrumpiría ni les escucharía, y que podían hablar claramente y con franqueza.
-Pasamos por un momento de crisis en los negocios, Percival, y si hay algo que decidir, debemos decidirlo esta noche.
-¿Crisis? -repitió Sir Percival como un eco, y añadió-: Lo peor de todo es que ni siquiera usted supone su alcance. Puedo asegurarle que es gravísimo.
-Así lo creo, teniendo en cuenta su conducta desde hace unos días. Pero antes de hablar de lo que yo no sé, hablemos de lo que sé.
-Un momento, conde. Voy a buscar algo que beber. ¿Qué prefiere usted?
-Agua fresca y el azucarero. Nada más.
-¿Agua y azúcar para un hombre de su edad? Todos los extranjeros son iguales, pero bueno, aquí tiene usted su mezcla y hablemos de una vez.
-Percival, he de exponerle el caso tal como yo lo entiendo. Usted juzgará si tengo razón o no. Los dos hemos regresado del extranjero con los asuntos un poco complicados.
-Diga usted mejor que yo necesitaba unos miles y usted unos cientos, y que si no los encontramos, los dos nos iremos al diablo. Esta es, en pocas palabras, la situación.
-Esto, de acuerdo con su somera elocuencia británica. El caso es que con un aumento en mis pobres cientos hemos decidido obtener el dinero para estas necesidades con la ayuda de su esposa. Pero, ¿qué le dije yo sobre este particular? Y, además, ¿qué le dije también cuando vi la clase de mujer que es la señorita Halcombe?
-Qué sé yo. Dice usted tantas tonterías a veces...
-Pues le dije a usted que el ingenio humano, hasta la fecha, no ha descubierto más que dos procedimientos para damas a la mujer.


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