La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.199
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Esperemos a que las damas se retiren.
-Empezaré yo primero -dije-, a ver si acostándome se me pasa el dolor de cabeza.
Al despedirme, vi la misma sonrisa en la condesa, cuando me dió la mano.
El mismo día.
Ya tranquila en mi habitación, me preparé a continuar mi diario, pero mi imaginación estaba embargada por la entrevista del conde y Sir Percival y no podía concentrarla en los acontecimientos que pensaba escribir. En espera de mejor ocasión, viendo que mis esfuerzos eran inútiles, cerré el diario. Abrí entonces la puerta que ponía en comunicación mi habitación con un pequeño salón particular destinado a mi uso, y la cerré con objeto de que el aire no apagara, la luz. La ventana de mi saloncito estaba abierta. Me acerqué a ella para refrescarme un poco.
Durante más de un cuarto de hora permanecí así entregada a mis pensamientos. Me disponía a volver a mi alcoba, cuando me sorprendió el aroma del tabaco del conde, y casi al mismo tiempo una pequeña luz que pasaba por debajo de la ventana lentamente. A continuación apareció otra chispa mayor que la, primera. Las dos se encontraron en la oscuridad. Era imposible que me descubrieran.
-¿Qué diablos está usted haciendo ahí parado? ¿Por qué no viene a sentarse? -preguntó la voz de Sir Percival.
-Espero a que se apague esa luz -contestó la voz del conde.
-¿Y por qué le molesta esa luz?
-Me demuestra que ella no se ha acostado todavía. Es una mujer bastante inteligente para tener la sospecha de que ocurre algo, y lo suficientemente atrevida para intentar saber lo que pasa. Hay que obrar con prudencia, amigo mío.
Se alejaron y ya no pude oír lo que decían. No me preocupó lo más mínimo. Había oído lo bastante para dar al conde la razón con respecto a mi inteligencia y audacia. Antes de que las dos lucecillas se hubieran perdido, yo estaba decidida a que la conversación de los hombres tuviera un testigo. Lo exigía el interés de mi hermana, y ante este interés nada tenían que ver los demás.
Las dos luces entraron en la biblioteca, y yo, con objeto de escuchar aquella conferencia, para mí mucho mis interesante, me decidí a pasar por una cornisa de unos tres palmos de ancho que rodeaba aquella parte del edificio, a la altura de las ventanas. La cornisa me permitiría situarme precisamente sobre la biblioteca, cuyas ventanas estaban siempre abiertas. Lo único peligroso de ese plan era el riesgo del vértigo, que me hiciera perder pie y caerme, pero mi cabeza era fuerte y nunca lo había experimentado. Había, además, otro inconveniente; antes de llegar a situarme ante la biblioteca, tenía que pasar ante cinco ventanas, una de las cuales correspondía al cuarto de la condesa.
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