La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.198
Indice General
|
Volver
Página 198 de 296
Su «Moisés» no es más que un oratorio sublime. La única diferencia es que se canta en un escenario y no en un coro. La sinfonía de «Guillermo Tell» es una magnífica sonata, pero con otro nombre. ¿Conoce usted el «Moisés»? ¿No? Pues le ruego que me escuche y que me diga si ha oído alguna vez algo más sagrado, noble y conmovedor. Tronaba y gemía el piano bajo sus dedos. Su espléndida voz de bajo, la más bella que he oído en mi vida, elevóse en un magnífico canto de una intensidad que hacía daño. Aquel cántico tenla algo de demoníaco y terrible. Comenzaba a girar mí cabeza cuando entró Sir Percival preguntando a qué se debía aquel ruido. Inmediatamente se levantó el conde, diciendo:
Vaya, ha entrado Sir Percival. Necesariamente, el arte tiene que salir, y veo que me abandona también la musa que me ha inspirado. No tengo otro consuelo yo, pobre y viejo trovador, que dejar en el silencio de la noche a mis melodías.
Se metió las manos en los bolsillos, asomóse a la ventana y reanudó a media voz el aria de «Moisés». Al salir yo, entraba la condesa. La conversación apetecida por Sir Percival se aplazaba de nuevo.
A toda prisa me dirigí al cuarto de Laura. Mi hermana me dijo que allí no había estado nadie, y que no había oído tampoco el roce de ningún vestido. Durante un buen rato estuve con ella, y quedamos por fin en que a la mañana siguiente iría a verla en cuanto me levantara. Después de haberle dado las buenas noches y, como siempre, abrazarla, bajé para despedirme de los demás. Estaban reunidos en el salón. Sir Percival bostezaba, el conde leía y abanicábase la condesa. De nuevo, su rostro estaba rojo. Ella, que no había tenido calor jamás, parecía sofocada.
-Condesa -dije acercándome a ella-, me temo que no se encuentre usted bien. Tiene usted la cara enfebrecida.
-Iba a dirigirle a usted una observación semejante. Está usted muy pálida, querida Marian.
«Querida». Por primera vez usaba esta palabra para conmigo, y, desde luego, no se acordaba bien con la inocente sonrisa con que la acompañó.
-Tengo una terrible jaqueca -le dije con frialdad.
-Será falta de ejercicio. Hubiera sido mejor que hubiese dado usted un paseo antes de cenar. Le hubiera sentado a usted muy bien.
Había insistido demasiado la palabra paseo para que yo no comprendiera que se refería al mío. Pero esto me tenía sin cuidado, porque Faniry tenia las cartas en su poder.
-Venga usted, Fosco -dijo Sir Percival levantándose-, vamos a fumarnos un cigarrillo.
-Con mucho gusto, Sir Percival.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-296
|