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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.196

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No pude evitar el acercarme a ella. Le pregunté por Sir Percival, y me contestó que le había visto salir.
-¿Iba a caballo? -pregunté, afectando indiferencia-. No. Según parece, iba a hacer averiguaciones para tratar de encontrar a esa Ana Catherick. ¿De verdad está loca?
Lo ignoro, condesa.
Volvimos a la casa y ella entró en la biblioteca. Yo subí a buscar mí chal y mi sombrero. Si quería estar de vuelta para la hora de la cena, no tenía momento que perder. Salí con mis dos cartas, y, por fortuna, no encontré a nadie. Anduve todo lo de prisa que me fué posible, volviéndome de vez en cuando para aseguraron de que no me seguían. Unicamente a cierta distancia vi un carro, cuyas ruedas chirriaban estrepitosamente.
Llegué a la posada sin haber visto a nadie más, y tuve la satisfacción de ver que la posadera había acogido amablemente a Faniry. Esta, viéndome, se echó a llorar. Yo le dije:
-Tranquilícese, Faniry. Tanto mi hermana como yo la queremos a usted y cuidaremos de que su reputación no sufra nada. Ahora le ruego que esté atenta a lo que le diga, porque tengo muy poco tiempo. Voy a darle a usted una prueba de extraordinaria confianza. Le voy a entregar dos cartas. La primera la echa usted al correo en cuanto llegue a Londres, y la segunda entréguesela personalmente al señor Fairlie en cuanto llegue a Limmeridge. Téngalas usted siempre en su poder y no se las entregue a nadie. La señorita Laura tiene un gran interés en ello.
La buena muchacha se las escondió en el pecho, diciendo:
-Aquí estarán, señorita, hasta que cumpla las órdenes que usted me ha dado.
-Procure no perder el primer tren, y diga al ama de llaves de Limmeridge que temporalmente está usted a mi servicio. Buen viaje. Nos veremos antes de lo que usted cree, y por lo que más quiera no pierda el tren.
-Muchas gracias, señorita Marian. Usted siempre fué muy buena para mí. Salude a la señora. ¡Dios mío, quién la vestirá mañana! Se me parte el corazón al pensarlo.
Llegué un cuarto de hora antes de empezar a cenar. Apenas tuve tiempo de arreglarme y decirle a Laura antes de bajar:
-Las cartas las tiene Faniry. ¿Bajas a cenar?
-No, por nada del mundo.
-¿Ha ocurrido algo?
-Mi marido ha estado golpeando la puerta, jurando que si no quiero decirle dónde está Ana Catherick, él sabrá obligarme a hacerlo.
-Bendito, sea Dios, por no haber encontrado a Ana.
-¿Bajas, Marian? ¿Subirás luego?
-Si, pero no te preocupes si tardo. No podré marcharme inmediatamente en cuanto termine la cena.


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