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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.195

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La carta que dirigí al señor Fairlie estaba redactada en los términos que ya había indicado a Laura, puesto que me parecieron los más eficaces para poner en movimiento a aquel egoísta. Incluí una copia de mi carta al abogado, para que viera la gravedad del caso, y le rogué que solicitara el inmediato traslado de Laura a su casa, como único medio que habría de poder librarle de molestas responsabilidades y disgustos en lo por venir.
Escritas y selladas las cartas, pasé a la habitación de Laura para decírselo.
-¿Te ha molestado alguien? -le pregunté.
-No -me contestó-. Sin embargo, me ha parecido oír de vez en cuando el roce de un vestido de seda que pasaba ante la puerta.
Con toda seguridad, espiaba la condesa por orden de su marido. Como acostumbro a usar plumas gruesas y a escribir apretando mucho sobre el papel, es fácil que si ha pasado cerca de tu puerta, se haya dado cuenta de que escribía. Esto era una razón más para no dejar mis cartas en el buzón. Laura observó que estaba pensativa y me dijo con abatimiento:
-Más dificultades, más riesgo...
-No, no -me apresuré a contestar-, riesgos no. Pensaba en la mejor manera de hacer llegar estas cartas a manos de tu doncella. -¿Las has escrito, por fin? Por lo que más quieras, Marian, no te expongas.
-No temas. ¿Qué hora es?
Eran las seis menos cuarto. Había tiempo de sobra para llegar a la aldea y volver antes de la hora de cenar. Si esperaba un poco más, tal vez me fuera imposible hallar una oportunidad.
-Cierra la puerta y no temas. Si te preguntaran por mí, di, sin abrir la puerta, que he salido a dar un paseo.
-¿Cuándo volverás?
-Seguramente, antes de cenar. Animo, Laura. Mañana ya tendrás noticias de esa persona leal y activa que se ocupa de tus intereses.
Reflexioné un momento y me di cuenta lo necesario que era saber lo que ocurría en la casa antes de vestirme para salir.
El gorjeo de los canarios y el aroma del excelente tabaco que salía por la puerta entornada de la biblioteca me demostraron dónde estaba el conde. Con verdadera sorpresa, vi que exhibía las habilidades de sus pajarillas ante el ama de llaves. Sin duda alguna, la habría él invitado a esta representación, porque de otro modo ella nunca se hubiera atrevido a mostrarse en su presencia. Como me daba cuenta de que todas las acciones, por pequeñas que fueran, del conde, tenían siempre una justificación, no dudé de que también tuviera ésta sus motivos. Con respecto a la condesa, la encontré dando vueltas, como de costumbre, al estanque.


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