La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.194
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Confío en que no le haya concedido usted demasiada importancia y qué no habrá creído necesario ponerla en conocimiento de su esposo.
-No le he concedido importancia alguna -me dijo con voz helada-, pero para mí esposo no tengo secretos. Siento mucho tener que comunicarle que lo he puesto en su conocimiento.
Yo estaba preparada para oír estas palabras, pero, no obstante, experimenté en la espalda un escalofrío.
-Condesa, le ruego que tenga a bien tener en cuenta el desagradable y triste momento en que mi hermana se encontraba. La injusta conducta de su marido la había anonadado y no sabía lo que decía. ¿Sería exigir demasiado tener la esperanza de que se olvide generosamente su error?
-Sin duda alguna -contestó detrás de mí la voz bien timbrada del conde, que entró, como de costumbre, silenciosamente y con un libro en la mano.
-Cuando Lady Glyde pronunció esa tan poco meditada palabra, cometió para conmigo una injusticia que lamento y que soy el primero en perdonar. No hablemos más de esto. Procuremos, señorita Halcombe, darlo todo al olvido con nuestra mejor buena fe.
-Es usted muy bueno, conde, y no sé cómo agradecer...
Tenía fijos en mí los ojos, y la enigmática sonrisa de aquella máscara blanca me desconcertó. No pude pronunciar una sola palabra.
-Señorita Halcombe, le ruego de rodillas que no diga una palabra más. Ya ha dicho usted demasiado.
Cogió una de mis manos con la delicadeza de un caballero del siglo XVII, se la llevó respetuosamente a los labios y aquella inocente prueba de respeto me produjo una indecible confusión. Con el primer pretexto que tuve a mano, salí para encerrarme en mis habitaciones, y allí lloré secretas lágrimas, avergonzada de tener que confesarme que el hombre a quien debía aborrecer por estar convencida de su infamia era la única persona que temía y que tenía poder alguno sobre mí.
Por suerte, no tenía tiempo en que pensar. Mis momentos no podían ser empleados más que en cosas útiles. Tenía que escribir las dos cartas, y me dispuse a hacerlo sin vacilar un instante.
En la dirigida al socio del señor Gilmore, nada hablaba de Ana Catherick, pues desconocía totalmente el misterio que rodeaba a la infeliz muchacha. Me limité a atribuirla ignominiosa conducta de mi cuñado a sus dificultades económicas. Le pregunté qué procedimiento legal podría emplearse en el caso de que el esposo de Laura se negara a permitirle pasar conmigo una temporada en Limmeridge, y le supliqué, a demás, que se pusiera de acuerdo con el señor Fairlie con respecto a los pormenores, suplicándole finalmente que en nombre de mi hermana obrara con toda la rapidez posible y al mismo tiempo con toda energía.
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