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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.193

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Por esto podrá hacerlo.
-Si pudiéramos conseguir volver a Limmeridge...
Me indicaron estas palabras una nueva ruta. Tal vez seria posible, amenazando a Sir Percival con la intervención de la justicia, conseguir de él que permitiera a mi hermana volver a Limmeridge bajo el pretexto de la salud de su tío. El proyecto era atrevido, pero por esta razón me pareció digno de intentarse.
-Tu tío conocerá tus deseos y confío en Dios en que podremos resolverlo bien.
Sin más, me levanté, pero Laura me contuvo, diciendo:
-¿Dónde vas? Te ruego que no me dejes sola. Aquí tienes de todo. Escribe aquí.
Lamenté mucho negarme a sus deseos, pero llevábamos demasiado rato juntas. Le hice comprender que para volvernos a ver teníamos que evitar toda clase de sospechas.
-Luego volveré. Ahora, descansa un rato.
-¿Has visto si está la llave puesta en la cerradura, Marian? ¿Puedo cerrarme con llave?
-Sí, y no abras hasta que yo vuelva.
Nos besamos y salí. Oí, cómo se cerraba la puerta con llave, y esto me tranquilizó un poco.
VII
El mismo día.
El ruido la llave había producido en la cerradura de Laura me recordó la conveniencia de cerrar también mi propia habitación. Me dirigí a ella y no me pareció observar señales de que hubiera estado allí persona alguna. Sin embargo, una cosa me extrañó. Mi sello de lacrar, dos palomas grabadas, estaba colocado en un estuche. Cuando lo usaba, no tenía la costumbre de guardarlo. Lo dejaba siempre donde se me ocurría, pero tal vez aquella vez lo hubiera guardado sin darme cuenta. Esto no me pareció digno de ser notado. Cerré la puerta, me guardé la llave y bajé la escalera.
La condesa estaba sola en el vestíbulo y consultaba el barómetro. Al verme, me dijo:
-Creo que lloverá.
De nuevo, como siempre, estaba tranquila e impasible, pero el terror que experimentaba yo de que hubiera comunicado a su marido que había oído la palabra espía refiriéndose a él en boca de Laura, la antipatía que profesó siempre a su sobrina por su inocente interposición con respecto al desagradable, asunto de las diez mil libras de su herencia, y su posición en aquella casa, me dieron fuerzas para tratar de poner en juego mi influencia en favor de Laura.
-¿Puedo atreverme a esperar de su extraordinaria bondad que me permita hablar unos instantes de un asunto desagradablemente penoso?
Se cruzó de brazos e inclinó la cabeza.
-Cuando usted se tomó la molestia de devolverme mi pañuelo - continué-, temo que oyera una palabra pronunciada por mi hermana que no quiero repetir.


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