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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.192

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Esta señal será u
arma contra él

-No le des tanta importancia, Marian. No me duele
Me mostró el brazo. Yo, viendo aquellas señales en su inocente carn

maltratada, experimenté un acceso de furor. Si mis intenciones se hubiera
reflejado en mi semblante, Laura hubiera retrocedido
-No me duele -repitió, resignada
-Bueno. ¿Le contaste todo lo que sabías con respecto a Ana
-No me fué posible hacer otra cosa
-¿Qué te dijo

-Me atormentó durante todo el camino, obstinado en que le dijera más de lo que sabía. Por fin, me dijo que puesto que tú y yo nos habíamos puesto en connivencia contra él, cuidaría de que en lo sucesivo no volviéramos a vernos hasta que no confesáramos la verdad. Cuando llegamos a casa, me llevada mis habitaciones, y viendo en ellas a Faniry la despidió inmediatamente. Dándome un empujón, me obligó a entrar en mi alcoba y cerró la puerta. Parecía un loco, Marian.
-Su conciencia le produce esta locura. Esto me da idea de que en todo ello hay un importantísimo secreto que desconocemos. No quiero alarmarte, querida, pero solamente demostrarte la necesidad de que me dejes obrar por mi cuenta mientras todavía sea tiempo.
-¿Y qué podemos hacer, Marian? Si nos fuera posible dejar la casa para siempre...
-No quiero que te creas indefensa mientras yo viva.
-Lo sé, Marian. Pero no se te olvide que la pobre Faniry necesita ayuda.
-La he viste y he quedado en comunicarme con ella esta noche. En el buzón del castillo no están seguras las cartas. Voy a escribir dos, que no quiero que pasen por otras mano distintas de las de Faniry.
-¿Para quién?
-Una para el socio del señor Gilmore. Parece ser que se trata de una persona muy competente, y se ha ofrecido a nosotros con verdadero interés. Desconozco la ley, pero algo debe de haber en ella que proteja a las mujeres contra los malos tratos que nos ha inferido tu marido.
-Pero ten en cuenta el riesgo que corremos.
-Tengo la convicción de que si llegamos a ese punto, él tendrá más que temer que nosotros.
-Pero lograrás que se desespere, y esto aumentará nuestro riesgo.
Me di cuenta de la veracidad de sus palabras, pero en nuestra critica posición había que arriesgarlo todo, y traté de hacérselo comprender. Mi hermana se limitó a suspirar y preguntó para quién era la segunda carta.
-Es para el señor Fairlie. Es hermano de tu padre y debe conocer nuestra situación.
Laura movió dubitativamente la cabeza.
-Ya sé -continué- que se trata de un viejo egoísta, pero no es un bruto como Sir Percival, ni tiene amigos como el conde, procuraré convencerle de que su intervención le evitará en lo futuro molestias y responsabilidades.


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