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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.191

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En su palidez y en la mirada que dirigió a mi hermana lo comprendí en seguida. Sin esperar a que le contestaran, volvió la, espalda y desapareció. Cerré la puerta y volví al lado de mi hermana, diciendo:
-Laura, ¡cómo nos tendremos las dos que arrepentir de tus palabras!
-También tú las hubieras dicho si supieras lo que yo. Mi conversación con Ana tuvo un testigo.
-¿Estas segura de que fué el conde

-Completamente segura. El advirtió a Sir Percival de que vigilara a Ana
a mí durante toda la mañana
-¿Has podido verla
-No. Le ha salvado no comparecer. Cuando llegué a la cabaña no habí

nadie
-¿Y luego
-Esperé durante unos minutos, no teniendo paciencia decidí salir

Entonces me sorprendió una palabra escrita en la arena. Decía: «Busca»
Aparté un poco la arena y..
-¿Hiciste un hoyo pequeño
-¿Cómo lo sabes
-Continúa
-Encontré en él un papel firmado con las iniciales «A. C.
-¿Dónde está
-Me lo quito Sir Percival

-¿Recuerdas lo que decía? -Exactamente las palabras, no; pero diría poco más o menos esto: «Un hombre grueso y alto nos vió ayer e intentó cogerme. Me he salvado como he podido. Hoy no me atrevo a volver. Le escribo para decírselo. Cuando la vea, le daré a conocer el secreto de su esposo. Tenga paciencia hasta entonces. Le prometo que no tardaremos en vernos. A. C.»
La alusión al hombre que había hecho de espía estaba demasiado clara. Con un interés que es fácil de comprender, me informé de la actitud de Sir Percival.
-Después de haberlo leído una vez -continuó Laura-, entré de nuevo en la cabaña para volver a leerlo. Cayó de pronto una sombra en el papel y vi a mi marido en la puerta.
-Intentarías esconder el papel... Sí, pero mi marido me impidió hacerlo. «No se moleste en ocultarlo», me dijo. «Sé lo que dice». Yo le miré con verdadero terror. «Lo desenterré hace dos horas, lo leí y he vuelto a dejarlo en el mismo sitio. Ahora no tengo duda ninguna de que habló usted con Ana Catherick, y ya que no la
he cogido a ella, por lo menos la he cogido a usted. Deme la carta». Yo
querida Marian, ¿qué podía hacer? Estaba sola con él y se la di
-¿Qué dijo cuando se la diste
-Nada de momento, pero bruscamente me cogió del brazo y me dijo co

ira: «¿Qué habló usted ayer, con Ana Catherick? Dígamelo palabra po
palabra»
-¿Se lo dijiste
-Marian, estaba sola con él. Sus dedos me rompían el brazo
-Déjame ver si todavía tienes la señas

-¿Por qué
-Porque nuestra paciencia tiene que tener un limite.


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