La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.190
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Y comenzó a avanzar hacía la puerta. Sir Percival arrugó el papel que tenía en las manos y se colocó entre la puerta y el conde, diciéndole brusca y torvamente:
-Haga lo que usted quiera, pero piense lo que hace -y se marchó sin pronunciar una sola palabra más.
-¿Qué quiere decir? -preguntó la condesa, al oír esta brusca salida.
-Querida Leonor, esto quiero decir que tu arranque noble y espontáneo ha hecho razonable a uno de los hombres de genio más endiablado de Inglaterra. Por otra parte, quiere decir también, señorita Halcombe, que ha terminado en este momento la indignidad que se cometía en esta casa con su dueña, y que está usted libre del insulto que se le ha inferido. Le ruego que acepte usted los homenajes de mi más sincera admiración y mi más extraordinario respeto por su admirable y valerosa conducta.
Repuse a estos cumplidos con palabras de cortesía. Mis ojos miraban involuntariamente a la puerta y mi corazón estaba impaciente por ver a Laura. Salió el conde de la habitación, y me disponía yo a hacer lo mismo, cuando se interpuso la condesa entre nosotros, para felicitarme a su vez y celebrar no verse obligada a abandonar una compañía que era tan de su gusto.
Entró de nuevo el conde y dijo:
Tengo el gusto de participarle, señorita Halcombe, que Lady Glyde ha vuelto a ser la dueña de su casa. Me he apresurado a darle esta noticia, porque conozco cuánto ha de serle agradable.
Se lo agradecí con una inclinación de cabeza, y salí apresuradamente a ver a mi hermana. Laura estaba sentada en un extremo de la habitación y tenía apoyados los codos en la mesa y cubierto el rostro con la mano. Al verme, exclamó con alegría.
-¿Cómo es que has venido? ¿Cómo has podido entrar? ¿Y mi marido?
En mi ansiedad por conocer lo que había ocurrido, le contesté preguntando. Pero la curiosidad de mi hermana podía mas y tuve que responder:
-La influencia del conde...
Laura me interrumpió con un ademán de repugnancia y dijo:
-Te ruego que no me hables de él. Es el hombre más vil que conozco. No le da vergüenza de servir de espía miserable.
Antes de que pudiéramos decir otra palabra, oyóse un discreto golpe en la puerta. Seguidamente se abrió ésta, dando paso a la condesa, que llevaba en la mano mi pañuelo.
-Se le cayó a usted en la escalera, y pensando ir a mi cuarto he creído oportuno traérselo.
Su rostro, naturalmente pálido, estaba lívido en aquel momento. Miró a Laura con verdadero odio.
Estaba segura de que nos había oído.
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