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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.189

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Era la más torpe y terca de todas las criadas. Me abrió y se quedó plantada ante la puerta, riendo como una imbécil.
-¿Qué hace usted ahí parada? -le pregunté-. ¿No se da cuenta de que quiero entrar?
-Sí, pero usted no debe entrar -dijo acentuando más la risa.
-¿Cómo se atreve usted a hablarme de este modo? -dije indignada-. Apártese inmediatamente.
No solamente no me obedeció, sino que extendió sus brazos diciendo:
-Es orden del amo.
Necesité de todo mi dominio para no discutir con ella. Recobrándome, le volví la espalda y fui en busca de Sir Percival. Estaba en la biblioteca con los condes de Fosco. Los tres estaban reunidos, y cuando entré, Sir Percival, que tenía un papel en la mano, escuchaba estas palabras del conde:
-No, de ningún modo.
Me dirigí directamente a mi cuñado. Mirándole cara a cara y conteniendo mi indignación, le pregunté:
-Sir Percival, ¿he de entender que el cuarto de su esposa es un calabozo y la criada un carcelero?
-Si, precisamente eso es lo que usted ha de entender -me dijo groseramente-, y cuide de que a usted no le pase lo mismo.
-He de advertirle que tenga mucho cuidado con el modo con que trata a su esposa -dije violentamente indignada-. Hay bastantes leyes en Inglaterra que protejan a las mujeres contra los ultrajes y la crueldad. Si toca usted un solo cabello de mi hermana, o interviene, en la forma que sea, contra mi libertad, le juro desde este momento que apelaré a ellas.
En lugar de contestarme se volvió al conde y le pregunto:
-¿Qué era lo que le hablaba? ¿Qué me decía usted ahora?
-Lo que ya antes le dije: qué no.
Pese a la violencia de mi cólera, me daba cuenta de que los ojos penetrantes y tranquilos del conde estaban fijos en mí. Dirigió una mirada a su esposa y ésta, inmediatamente, se acercó a Sir Percival.
-Le ruego que me perdone si distraigo por un momento su atención -dijo con su clara y delgada voz-. Le agradezco infinitamente su hospitalidad, pero no quiero continuar permaneciendo en un lugar donde se trata a las señoras como usted trata a su esposa y a esta señorita.
Sir Percival dió un paso atrás y quedóse estupefacto.
-Maravilloso -exclamó el conde. Se reunió con su mujer y dijo-: Leonor, estoy a tus órdenes y a las de la señorita Halcombe, si es que se digna aceptar mis servicios.
-¡Por todos los diablos! ¿Qué es lo que usted piensa ahora?
-Acostumbro a pensar lo que digo -dijo el italiano secamente pero en este momento pienso lo que ha dicho mi esposa.


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