La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.188
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Llamé primero a Laura suavemente, y después con voz más alta, pero nadie contestó, ni apareció a mi llamamiento. Yo era el único ser viviente que se hallaba a orillas del lago.
Empezó a latir mi corazón violentamente, pero me dominó y comencé a buscar huellas de la presencia de mi hermana.
Por la arena encontré la de dos personas, unas grandes, sin duda alguna de hombre, y otras tan pequeñas, que sólo podían ser las de mi hermana. Próximo a la puerta veíase un hoyo, al parecer reciente, y seguí aquellas pisadas hasta ver dónde me conducían. Después de haber dado varias vueltas, y de haber hallado entre unas matas de espino un trozo de chal de mi hermana, las huellas me llevaron a un camino que terminada en la puerta de la servidumbre del castillo. Esto me produjo una gran alegría, porque me demostraba que Laura se encontraba en la casa. Seguí yo por el mismo camino, y a la primera persona que encontré fué el ama de llaves.
-¿Sabe usted -le pregunté- si ha vuelto la señora del paseo?
-Sí, señorita, pero temo que haya ocurrido algo desagradable.
-¿Qué quiere usted decir? ¿Un accidente?
-Gracias a Dios, no; pero Lady Glyde ha subido llorando a su habitación y el señor ha despedido a Faniry, dándole solamente una hora de tiempo.
Faniry es la doncella de Laura. Había sido siempre una chica excelente y la servía desde hacía cuatro años. Era la única persona en aquella casa cuya fidelidad para nosotros era segura. Luego de informarme de que la doncella se hallaba en su habitación, subí a ella y la encontré orando y guardando sus cosas en un baúl. Nada me pudo informar con respecto a su repentina despedida. No se le hizo reproche alguno, pero tampoco se le dió explicación de esta decisión. Le habían pagado un mes y prohibido que se despidiera de la señora.
Procuré consolarla, y con amistosas palabras intenté saber qué era lo que iba a hacer. Me repuso diciendo que dormiría en la posada de la aldea. La dueña de ésta era muy querida y conocida de la servidumbre. Luego, al día siguiente, partiría para Cumberland, y de momento se quedaría en casa de su familia. Se me ocurrió entonces que el viaje de esta muchacha podría proporcionarnos un seguro medio de comunicación con Londres y Limmeridge, y le dije que aguardara un recado mío en la posada y aunque de momento nos separáramos, procuraríamos, sin embargo, utilizar sus servicios. Luego me despedí de ella y baje.
Llamé al cuarto de Laura. Inmediatamente me abrió una doncella gorda y desagradable, que se llamaba Margarita.
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