La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.187
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Por otra parte, el terror que mi sueño me había producido apoderóse de mí, más fuerte que nunca, y la angustia que el porvenir de mi hermana me causaba era tal, que, pese a toda mi voluntad, mis ojos se llenaban de lágrimas y de desconsuelo mi corazón. Nos disponíamos a retirarnos cuando un viento huracanado movió las copas de los árboles.
-¿Ve usted? -dijo el conde al despedirse- Mañana habrá cambiado el tiempo.
19 de junio.
Los acontecimientos de ayer hacíanme presentir que, tarde o temprano, sucedería lo peor. No ha terminado el día de hoy y lo peor ya ha sucedido.
Habíamos quedado Laura y yo en que apenas terminado el almuerzo acudiría ella a la cita en la cabaña, mientras yo me quedaría todavía un rato con objeto de no despertar sospechas, e iría a su encuentro en cuanto me fuera posible.
Como había previsto el conde, tuvo efecto el cambio de tiempo que se inició anoche. Amaneció lloviendo, pero a las doce se despejó el día y el límpido azul del cielo prometía una buena tarde.
La ansiedad que experimentaba por conocer la actitud del conde y de Sir Percival no se tranquilizó al ver que, a pesar del mal tiempo, en cuanto terminaron el desayuno salió el segundo provisto de sus botas altas y su impermeable, sin decir dónde iba, mientras el conde dejó transcurrir la mañana alternando la biblioteca con el salón. Nos reunimos a la hora de la comida, pero no compareció el dueño de la casa.
Diez minutos después de terminar, Laura abandonó la mesa. Sentí un gran deseo de acompañarla, pero, por una parte, temía despertar sospechas, y, por otra, si Ana Catherick veía a Laura en mi compañía, acaso no se atreviera a acercarse y perderíamos con ello una oportunidad. Esperé, pues, pacientemente, hasta que la servidumbre levantó la mesa, y cuando salí del comedor, quedóse en él el conde con un terrón de azúcar entre los dientes y jugando con el loro, que subía por su chaleco para atraparlo. Frente a él, la condesa contemplaba a su marido con una atención tal, como si no lo hubiera visto nunca.
Yendo hacia el lago, pasé por caminos que no pudieran ser vistos desde las ventanas de la casa, y estoy convencida de que no solamente nadie me vió, sino que tampoco persona alguna siguió mis pasos. Eran las tres menos cuarto en mi reloj.
Al hallarme entre los árboles, comencé a andar rápidamente hasta acercarme a la cabaña. Moderé entonces mi paso y me aproximé a ella cautelosamente. Aunque llegué casi a tocarla, no oí el más pequeño rumor. Miré entonces por la puerta y la cabaña estaba vacía.
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