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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.186

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Contra su costumbre, Sir Percival estuvo muy amable con todos, especialmente con su mujer. Yo ya conozco lo suficiente a mi cuñado para darme cuenta de que su aspecto afectuoso es el peor de todos. Durante la comida estuvo atentísimo con mi hermana, y el conde, invariablemente, hizo gala de sus amplios conocimientos y de su amena conversación. Cuando pasamos al salón, rogó el conde a Laura que tocara un paro de música. Laura lo hizo y él la escuchó atentamente. Sus cumplidos no fueron los de Walter. No era una espontánea expresión de asombro, como la del pobre muchacho, sino el atinado juicio de un conocedor en la materia. Al obscurecer, protestó el conde de que se encendiera luz diciendo que no quería estropear aquella penumbra deliciosa. Yo, alejada de todos, por cuando mis nervios no estaban en condiciones de soportar y mucho menos sostener una conversación, me refugié junto a la ventana, pero el conde se dirigió a mí con el pretexto de conocer mi opinión sobre el alumbrado.
-Probablemente, también le interesa a usted disfrutar de este anochecer admirable. -Su voz era insinuante y suave-. Por mi parte, he de decir que lo adoro. Siento una admiración innata e infinita hacia todo lo que es grande, noble, bueno y puro. Y así me lo parece esta noche, embalsamada por la brisa. Para mí poseen una inagotable ternura los encantos eternos de la naturaleza. Pero yo ya soy viejo. Las palabras que en sus rojos labios podrían ser admirables serían ridículas en los míos. ¡Cuán triste es la vejez física, cuando el alma es eternamente joven! Observe usted, señorita Halcombe, este matiz luminoso sobre las copas de los árboles. ¿No llega a su corazón como al mío? -Hizo una pausa y en voz baja, contenida, repitió los inmortales versos de Dante dedicados a la tarde. La melodía y ternura de su voz daban a la genial composición nuevos encantos. -¡Bah! -exclamó en cuanto murió en sus labios la última palabra. Soy un viejo loco y, sin duda, la estoy a usted aburriendo. Le ruego que me permita cerrar la ventana de estas ilusiones y regresar al mundo que esta espléndida tarde y su presencia me han hecho olvidar. Sir Percival ha votado por el alumbrado. Lady Glyde mi querida y linda castellana, ¿quiere usted honrarme con una partida de dominó?
Mi hermana se dispuso a hacerlo en atención a su deseo de contemporizar con el conde. En aquel momento hubiera sido imposible que yo lo hiciera. La mirada que el conde había fijado en mí a la vacilante luz del anochecer parecíame sentirla clavada en el fondo del alma, haciendo vibrar al mismo tiempo todos los nervios de mi cuerpo.


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