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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.185

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-No, no me ha dicho nada. Dime ahora qué piensas, porque yo no sé qué hacer ni qué pensar.
-Laura, si quieres creerme, debes acudir puntualmente mañana a la cita. Yo te seguiré a distancia. Tú no sabes el gran interés que estas palabras pueden tener para nosotras. Nadie me verá, pero yo estaré al alcance de tu voz. Ana Catherick consiguió escapa de Walter, y también ha escapado de ti. Yo te aseguro que de mí no escapara.
Le di un beso a mi hermana y salí de la habitación. Necesitaba estar sola para poner en orden mis ideas. La impresión terrible que me había producido mi pesadilla me hacía temer que cada uno de nosotras avanzaba a ciegas por un extraño camino, rodeado de toda clase de peligros, y presentía que el fin desconocido era aterrador.
Al dejar a Laura, pensé en todo lo que había ocurrido. Las circunstancias en que mi hermana se había separado de Ana me hicieron desear saber cómo empleaban la tarde el conde Fosco y Sir Percival.
Inútilmente registré todos los alrededores del castillo. Entré en él y recorrí todas las habitaciones del piso bajo, pero todas estaban vacías. Al pasar ante la habitación de la condesa, se abrió la puerta y apareció ésta en el umbral. Le pregunté si sabia algo de su marido y mi cuñado, y me dijo que los dos habían salido para un largo paseo. Me extrañó mucho esta información. Era la primera vez que se les ocurría semejante cosa, Sir Percival no era partidario de otro ejercicio distinto del de montar a caballo, y al conde no le gustaba ninguno.
Al reunirme con Laura, encontré a mi hermana preocupada en extremo por haber olvidado la cuestión de la firma. La tranquilicé enseguida diciendo que Sir Percival había de momento desistido de conseguirla.
-Me parece imposible, Marian -contestó Laura- y mucho más si perseguía el objeto que suponemos: el de conseguir dinero.
-¿Recuerdas la conversación que sorprendí entre tu marido y su notario? A falta de la firma habrán optado por extender letras. Siendo así, por lo menos estaremos tranquilas durante algún tiempo.
-Me temo mucho, Marian, que esto sea verdad. Es demasiado bueno.
-¿No me decías no hace mucho que mi memoria me era muy fiel? Pues puedes fiarte absolutamente de ella.
Nos separó la primera campanada que se dió para la comida. En aquel momento, el amo de la casa acababa de llegar con su huésped. Como siempre, se oyó su voz maldiciendo sin motivo de la servidumbre, y también como siempre se oyó la voz del acompañante recomendándole compostura y calma.
Transcurrió la velada sin ningún acontecimiento importante.


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