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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.184

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He venido aquí por esto». Le rogué entonces que me dijera lo que intentaba. Durante unos instantes pareció dudar, pero murmuró después: «Usted tendrá amigos que la ayudarán. Si usted conociera su secreto, él sería quien le tendría miedo. Nunca se atrevería a tratarla mal». Habiendo pronunciado estas palabras pareció olvidar de pronto lo que estaba hablando. Comenzó a llorar, diciendo repetidamente ¡Si yo pudiera hacer que me enterraran junto con su madre... Me gustaría tanto dormir a su lado eternamente...» Te aseguro, Marian, que estaba temblando de cabeza a pies. Luego se tranquilizó un poco, se enjugó las lágrimas con el chal y continuó: «No, esto no. No puedo dormir bajo la hermosa cruz de mármol que yo misma he limpiado». Luego hizo un esfuerzo como para pensar y añadió: «No sé lo que le estaba diciendo». Con toda la dulzura de que me sentí capaz, se lo recordé. La infeliz volvió a decir con prisa; «Sí, sí, ya que usted no dispone de otra ayuda contra su malvado esposo, voy a contarle un secreto para que sea él quien le tenga miedo. Mi madre lo sabe todo y está aterrorizada por él. Un día me quiso decir algo, y al día siguiente su marido...»
-¡Por Dios, Laura, sigue! ¡Qué te dijo?
-No habló más. Se detuvo y miró afuera. Yo volví a insistir. Ella, con una mirada enloquecida, murmuró: «No, ahora no. No estamos solas. Nos espía alguien. Venga mañana a la misma hora, pero venga sola, ¿comprende?» Entonces desapareció con una rapidez increíble en una persona enferma.
-¡Oh, Laura, hemos perdido otra ocasión! ¿Por qué no la seguiste?
-Tenía mucho miedo, Marian. En cuanto las piernas pudieron sostenerme, vine a contártela.
-¿No viste a nadie al volver?
-No. Me pareció todo tranquilo y solitario.
Durante un momento me paré a pensar en esta tercera persona que Ana suponía había asistido a la entrevista. No podía adivinar si era creación de su imaginación enferma o si realmente existía.
-¿Estás segura de que me lo has contado todo?
-Creo que sí. No tengo una memoria tan buena como la tuya, pero estoy segura, por lo menos, de no haber olvidado nada que tenga verdadera importancia.
-Laura, en este asunto todo tiene una importancia trascendental. ¿No sabemos dónde vive?
-No.
-¿No ha nombrado a una vieja amiga suya que se llama Clements?
-¡Ah sí, ahora recuerdo! Dijo que la señora Clements le había suplicado que la dejara acompañarla, pero ella prefería hacerlo sola.
-¿No te ha dicho dónde ha vivido desde que se marchó de Cumberland? ¿No te ha dicho tampoco cuál es su enfermedad?


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