La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.183
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-Sí, y hasta incluso creo que le molestó un poco mi sorpresa, porque me dijo: «No tiene usted ni la cara ni el corazón de su madre. Ella era morena y su corazón el de un ángel, señorita Fairlie». Yo le dije: «También me intereso mucho por usted. ¿Por qué me llama señorita Fairlie?» y me contestó vehemente: «Porque me gusta este nombre y aborrezco el otro». Por primera vez vi la locura en sus ojos. «No se enfade -le dije-. Se lo he preguntado por si no sabía usted que estaba casada».«¡No saberlo yo!», exclamó. «¿Por qué cree entonces que he venido aquí antes de reunirme en el cielo con mi madre?» Luego cambió de conversación y habló con rapidez increíble. «¿Me vió usted anoche junto al lago? ¿Me ha oído seguirla por el bosque? Hace mucho días que estoy esperando verla. Por esta razón he abandonado a la única amiga que tengo en el mundo. He corrido el riesgo de que vuelvan a llevarme allí. Todo por usted señorita Fairlie, todo por usted». Sentí una compasión infinita por ella y le dije que se sentara a mi lado.
-¿Y se sentó? -pregunté.
-No. Dijo que prefería quedarse a la puerta para vigilar si venia alguien. Y se quedo allí con las manos apoyadas en el marco. «Ayer estuve aquí», continuó. «La vi hablar con una señora y contarle cosas relativas a su marido, diciendo que quería usted tener algo con que hacer callar. ¡Oh! - exclamó luego, como si tuviera otra idea-. ¡Por qué habré dejado que se casara usted! ¡El miedo, este maldito miedo! ¡Qué cobarde soy!» Yo empecé a asustarme. Tenía miedo de que le diera un ataque, y le rogué que se tranquilizara. Luego le pregunté qué era lo que podía haber hecho para impedir la boda. Y ella me contestó: «Debía haber tenido suficiente valor para ir a Limmeridge sin acobardarme por su presencia. Mejor hubiera sido esto que haberla escrito aquella carta que ha hecho mucho más mal que bien. ¡Oh, qué terrible y espantoso miedo!» La desventurada se retorcía las manos. ¡Qué espantoso espectáculo, Marian!
-¿Y no le preguntaste a qué obedecía su miedo?
-Sí, y me dijo: «Usted también tendría miedo de que la encerraran en un manicomio» «Entonces, ¿por qué está usted aquí? ¿Ya no le tiene miedo?» Y me dijo: «¿No sabe usted por qué? Míreme». «Sí», contesté. «Creo que está usted enferma». Me miró tristemente y me dijo: «Me estoy muriendo. Ya sabe usted ahora por qué no le tengo miedo. Y, dígame, ¿cree usted que encontraré a su madre en el cielo? Yo sospecho que no, hasta que no pueda deshacer el mal que no fui capaz de impedir.
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