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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.182

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Página 182 de 296


Laura se sentó a mí lado y me dijo, señalándose el pecho:
-Mira.
Vi entonces que el broche perdido volvía a ocupar el lugar de antes.
-¿Dónde lo has encontrado? -le pregunté.
No supe decir más que esta vulgaridad.
Lo ha encontrado ella en el suelo de la cabaña. No sé cómo empezar a contarte. Habla de una forma extraña. Está muy enferma y se alejó tan de prisa...
-A ver, cuéntamelo desde el principio y habla todo lo bajo que puedas, porque la ventana está abierta. ¿Dónde la viste?
-En la cabaña. Ya sabes que fui a ella a buscar el broche. Cuando llegué me arrodillé en el suelo para buscarlo. De pronto oí una voz muy baja que me decía: «Señorita Fairlie, señorita Fairlie ...»
-Señorita Fairlie -dije sorprendida.
-Sí, mi tan querido nombre de soltera. Su voz tenia un tono dulcísimo que a nadie podía asustar, pero me sorprendió, levanté la cabeza y la vi a la puerta.
-¿Cómo iba vestida?
-Llevaba una especie de bata blanca, un chal obscuro y un sombrero de paja tan ajado como el chal. Antes de que yo pudiera decir una sola palabra, me dió el broche que tenia en la mano. Me alegré tanto encontrándolo que me acerqué a ella para darle las gracias. Entonces, casi sin tono de voz y sin aliento, me dijo: «¿Querría usted hacerme un favor?» Le contesté que sí, si me era posible. «Entonces -continuó-, le ruego que me permita le prenda yo mismo este broche que he encontrado». Aquella petición era para mi tan inesperada que instintivamente retrocedí. Ella se dió cuenta y dijo con tristeza «Su madre me lo hubiera permitidos. Había una amargura tan grande en estas palabras, pronunciadas con tanta dulzura, que le cogí la mano, la puse sobre mi pecho y le dije: «¿Conoció usted a mi madre? ¿Me ha visto usted a mí en otra ocasión?» Con todo cuidado me prendió el broche. Luego me preguntó: «¿No recuerda usted un día hermoso de primavera en Limmeridge? Su madre fué desde su casa a la escuela, y llevaba a cada lado a una niña. Las niñas éramos nosotras dos. La bella señorita Fairlie y la desgraciada y sin nadie Ana Catherick
-¿Y tú recordabas eso, Laura?
-Sí, y recuerdo también que decían todos que nos parecíamos mucho.
-Y ese parecido...
-Es cierto. Está muy pálida, delgada y envejecida, pero me parece ver mi rostro en un espejo, sobre todo después de una enfermedad. Me produjo tal impresión este descubrimiento que no pude hablar una sola palabra durante un rato.
-¿Se dió cuenta ella de que estabas sorprendida?


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