La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.181
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El me devolvió una de sus inimitables reverencias. Mientras subía la escalera pude oír al conde que decía al dueño de la casa:
-Le ruego que me acompañe unos minutos al jardín. Tengo que decirle algo.
Presentí que quería hablarle de la firma, de Laura y de mí. Esto me produjo una angustia tan grande que comencé a recorrer la habitación a grandes pasos, con la carta en pecho, sin atreverme a dejarla en lugar alguno. Laura no había regresado todavía. Pensé ir en su busca, pero mis fuerzas se habían agotado con tantas emociones. Traté de descansar un poco en el salón. Apenas me había acomodado en un sillón cuando se abrió la puerta suavemente y entró el conde.
-Perdóneme si la molesto, señorita -dijo-. Me atrevo a hacerlo porque soy portador de buenas noticias. Sir Percival, y ya sabe usted lo caprichoso que es, ha renunciado por el momento a conseguir la firma. Esto, como puedo ver en su interesante rostro, representa un descanso para todos nosotros. ¿Tendrá usted la bondad de presentar mis respetos y felicitaciones a Lady Glyde?
Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra había abandonado la habitación tan silenciosamente como hubo entrado.
Estaba segura de que este cambio obedecía a su influencia y al conocimiento que tenia de la consulta que habíamos efectuado al notario de Laura. Pero desgraciadamente mi fatiga corporal extendiese a mi cabeza, y me invadió un sopor que me obligó a recostarme en una butaca. Al influjo del silencio de la casa y del dulce y perfumado aire que penetraba del jardín, cerré los ojos. Quedé somnolienta, con una especie tic sonambulismo o duermevela que no sé cómo explicar.
Mi corazón parecía querer salirse de mi pecho. Estaba oprimido por una atroz pesadilla. De pronto, se posó una mano en mi hombro, liberándose de ella. Era la mano de Laura, que estaba arrodillada a mi lado. Jadeaba y su mirada, casi enloquecida, me anuncio que ocurría algo.
-¿Qué te pasa? -le pregunté, olvidándome de toda por ella.
Dirigió una mirada en torno suyo y murmuró en mi oído:
-La sombra del lago... Los pasos de anoche eran de Ana Catherick, Marian.
Tan conmovida estaba todavía yo a causa de mi pesadilla que estas palabras me hicieron casi perder el conocimiento.
Mi hermana, amargada por su idea, no se había dado cuenta de mi estado, y continuó:
-He visto a Ana Catherick. He hablado con Ana Catherick, Marian. Ven. Aquí nos interrumpirían. Vamos a mi cuarto.
Yo todavía me encontraba en un extrañó estado de estupor, que se aumentaba ahora ante el presentimiento de los sucesos que nos habían ocurrido y cuyas complicaciones se acumulaban sobre nosotros y terminarían por asfixiarnos.
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