La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.180
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»Me ofrezco a usted para todo cuanto pueda necesitar de mis servicios. Le ruego acepte mi más profunda consideración, William Kyrle.»
Quedé muy agradecida a esta carta tan sincera y llena de sensatez. El mensajero aguardaba mis órdenes. Terminada mi lectura, le dije:
-Le ruego tenga la bondad de decir al señor notario que le agradezco mucho sus consejos y que los seguiremos puntualmente.
En este instante, con la carta aún abierta entre mis manos, apareció el conde frente a mí, como si hubiera surgido de la tierra. La súbita aparición me sorprendió grandemente. Con toda cortesía, el mensajero se despidió de mí, subió al coche y partió. No pude ni devolverle el saludo. Me aturdió la idea de haber sido descubierta por la única persona a quien tenía miedo.
-¿Vuelve usted a casa, señorita Halcombe? -me preguntó sin demostrar curiosidad alguna, al verme hablar con un desconocido.
Tuve fuerzas bastantes para hacer con la cabeza un signo afirmativo.
-También yo -continuó-. Será para mi un honor acompañarla, si me lo permite y se digna aceptar mi brazo. Me ha parecido verla sorprendida al verme.
Me apoyé en su brazo, no sin estremecerme involuntariamente, pero no hubiese querido por nada del mundo disgustarle.
-Sí, me ha parecido usted muy sorprendida de verme repitió con una calma anonadadora.
-Es que no esperaba verle aquí. Al salir, le oí en el comedor con sus canarios -dije con toda la tranquilidad que pude.
-Cierto. Pero mi esposa me dijo que la había visto a usted salir, y no pude resistir la tentación de acompañarla un rato. Puedo decir esto a mi edad sin peligro alguno. Así, pues, cerré la jaula, cogí el sombrero y puedo decir que he realizado una de mis aspiraciones, puesto que la he encontrado a usted.
Con su maestría acostumbrada, empezó a hablar, pero no hizo la menor alusión al desconocido que me había entregado la carta. Todo esto me dió la seguridad de que conocía nuestras relaciones con el notario.
Cuando llegamos ante la casa, vimos a la puerta el coche de Sir Percival. El recién llegado se acercó a nosotros y pude darme cuenta inmediatamente de que el viaje no le había desprovisto de su malhumor.
-¿Cómo? ¿Ustedes dos? ¿Que significa que la casa esta desierta? ¿Dónde está Lady Glyde?
Le conté la pérdida del broche y el motivo de la ausencia de Laura.
-Me tiene sin cuidado el broche -gruño groseramente-. Le dije que no faltara hoy en la biblioteca, y espero que no tardará media hora en comparecer.
Abandoné el brazo del conde con una inclinación de cabeza.
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