La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.179
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Lo llevaba el día anterior y supuso que lo habría perdido en la cabaña o por el camino.
Le he dicho a Laura que fuera ella misma a buscarlo. Esto disculpará su ausencia mientras llega la contestación del abogado.
Ha dado la una. Todavía no sé si continuaré aquí o saldré a buscarla a la verja. Recelo de todo, y creo mejor la segunda alternativa. El conde Fosco está en el comedor. Desde el vestíbulo se le oye animar a los canarios para cantar. Silba con tal perfección como si pudiera hacerlo un canario gigantesco. Creo que este es el momento para salir sin ser vista.
Son las cuatro de la tarde. En las tres horas que han transcurrido desde que escribí las líneas anteriores, ha cambiado mucho el curso de los acontecimientos, todavía no se si para bien o para mal.
Empezaré a contar las cosas desde donde las había dejado. Como me proponía, salí confiando en que el conde se encontraba en el comedor, pero en el patio encontré a la condesa. Daba vueltas en torno al estanque. Me extraña esta afición. Al pasar la saludé con una inclinación de cabeza y me contestó devolviéndome la reverencia. Pude observar que volvía a la casa, y entró en ella antes de que yo abriera la verja. Antes de veinte minutos llegué a la puerta del parque, y apenas habían transcurrido otros tantos oí el ruido de un coche. Avancé y le hice una seña al cochero. Se detuvo y un viejo de venerable aspecto sacó la cabeza por la ventanilla.
-Perdóneme -le dije-, ¿viene usted de «Aguas negras»?
-Sí, señora.
-¿Trae usted una carta?
-Sí, señora, pero tengo la orden de entregársela personalmente a la señorita Halcombe.
-Puede usted entregármela. Yo soy la persona a quien busca.
El hombre se descubrió y me entregó la carta.
La abrí; estaba escrita en los siguientes términos: «Muy señora mía: Por la relación que en su carta me hace usted de los hechos, deduzco que Sir Percival quiere tomar en adelanto una gran suma sobre las veinte mil libras de que se compone la fortuna personal de su esposa. Como no hay modo de saber ni de adivinar de qué suma de trata, ni las condiciones en que el documento está redactado, me parece lo más oportuno para Lady Glyde que se niegue a firmar mientras no se me entregue a mí, como notario suyo, el citado documento, ya que yo, en ausencia de mi socio y amigo el, señor Gilmore, desempeño sus funciones. Sir Percival no puede oponer a esta decisión objeción alguna, porque si es legal su propuesta, como me complazco en creer, me apresuraré a sancionarla.
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