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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.178

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Era tan densa la obscuridad que se hacía difícil no desviarse del camino. Le di el brazo a Laura y comenzamos a andar todo lo de prisa que nos era posible. Apenas habríamos caminado unos diez minutos cuando Laura murmuró aterrada:
-¡Marian, oigo pasos detrás de nosotras!
Presté oído y pude distinguir claramente un suspiro procedente de la masa de árboles.
-¿Quién está ahí? -grité.
Nadie me contestó. Al cabo de un instante de silencio oí el rumor de uno pasos que se alejaban. Sin cambiar una sola palabra echamos a correr y no paramos hasta llegar a casa. A la luz de la lámpara del salón vi a Laura pálida como el mármol y estremecida como una hoja.
-Estoy muerta de miedo -dijo-. No sé quién podría ser.
-Mañana trataremos de saberlo. De momento, no digas nada a nadie.
Hice que Laura se retirara a su alcoba. Me quité el sombrero, alisé mi cabello y subí a la biblioteca con el pretexto de buscar un libro. Encontré allí al matrimonio huésped. Ella liaba cigarrillos y el conde leía abanicándose con un paypay. Los saludé y expliqué el objeto de mi aparición en la biblioteca.
El conde me preguntó:
-¿Ha sido agradable al paseo, señorita Halcombe?
-Mucho -respondí cogiendo el libro.
-¿Puedo preguntar adónde?
-A la cabaña del lago -contesté.
-¿Y no ha tenido usted otra aventura como la del perro moribundo?
-No -dije penosamente, sintiendo en mis ojo la mirada magnética de las pupilas grises del conde. Con la disculpa de entregar el libro a Laura salí precipitadamente de la biblioteca.
Llamé a la doncella de Laura. Interrogada hábilmente adquirí la seguridad de que no había salido de la casa ningún criado. Los condes acababan de demostrarme con su presencia que tampoco eran suyos los pasos que habíamos oído.
¿Quién podría ser la extraña persona? No era posible imaginarlo.
V
18 de junio.
De nuevo me asaltaron en la soledad de mi cuarto los remordimientos que experimenté al escuchar las confidencias de Laura. Bien es verdad que mi intención siempre había sido buena, pero no podía en modo alguno perdonarme la pequeña parte que había tenido en el desgraciado matrimonio de mi pobre hermana. Mis pensamientos me impulsaron a tornar la resolución de que fuera cual fuere la conducta de mi cuñado para conmigo, lo sufriría todo con paciencia antes de abandonar el castillo, abandonando a Laura.
Las reflexiones que hubiésemos podido haber hecho al día siguiente sobre el misterioso perseguidor nuestro de la noche se interrumpieron por una trivialidad que disgustó mucho a Laura. Había perdido un pequeño broche que yo le había regalado durante nuestros días felices.


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