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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.177

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Me parece que ha de gustarle a Lady Glyde». No se habló más. Tampoco dijimos una sola palabra en el coche que nos llevó al hotel, pero cuando nos quedamos solos en nuestra habitación me arrojó sobre una butaca y, cogiéndome por los hombros me dijo con mayor brutalidad que nunca: «Desde que me hizo usted sus confidencias en Limmeridge, tenía un vivo deseo en saber quién era ese hombre. Hoy lo he descubierto. Su amado, señora, es su maestro de pintura y se llama Walter Hartright. Hasta el último día de vuestra vida os arrepentiréis. Ahora, sueñe usted con él si se lo permite la señal de mi látigo sobre su cara». Desde entonces, siempre que se enfada, me echa en cara este inocente primero y único amor, y lo hace como si hubiera sido una pasión criminal. Tu misma lo has oído Marian. ¿Qué puedo hacer para evitar todo esto? ¿Dónde encontrar algo que lo haga callar? Fui yo, entonces, quien oculto la cabeza entre las manos y quién tembló de emoción y de remordimiento. Si, de remordimiento, porque mis crueles palabras en Limmeridge, pronunciadas en aquel pabellón, había destrozado el idilio, y mi mano fue la que señaló la puerta a aquel corazón tan noble, obligándole a abandonar su familia, su patria, toso. Era yo quien había separado aquellas dos almas gemelas, y esto para que Sir Percival se aprovechara.
Mi hermana, viendo mi sombría desesperación continuaba toda clase de caricias y consuelos. Viendo que yo continuaba atónita, me sacudió del brazo diciéndome:
-Óyeme, Marian. Tenemos que marcharnos. Empieza a obscurecer y estamos lejos de casa.
-Espera un poco -le dije-. Nada más que minuto.
No me atrevía a mirarla y mis ojos se fijaron en el paisaje. Tenía razón. Era ya muy tarde. La niebla del lago comenzaba a levantarse lentamente desfigurando las líneas y aumentando las sombras del crepúsculo.
-Estamos lejos de casa -repitió Laura-. Vámonos, Marian. -Y luego, de pronto, añadió temblando y mostrándome la puerta: -¿No ves? ¡Mira!
Seguí la dirección de su mano y divisé una sombra que lejos de nosotros, se perdía entre los árboles. Todavía tardamos algunos minutos en decidirnos a abandonar la cabaña. Cuando salimos, los campos estaban casi negros por la obscuridad.
-¿Quién sería, un hombre o una mujer? -dijo mi hermana apretándose contra mí.
-No sé. Parecía una mujer. Pero con esta luz era difícil averiguarlo.
-Espera, Marian. No veo el camino. Tengo miedo. Figúrate si nos siguiera ahora esa persona.
-No tienes motivos para asustarte. Las orillas del lago están cerca de la aldea. Puede ser cualquiera que vuelve a su casa. Lo extraño es que no hayamos encontrado a nadie.


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