La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.176
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Él me miró y se limitó a añadir: «Todas las rubias son tontas. ¿Qué es lo que usted pretende? ¿Cumplidos y palabras dulces? Pues supongamos que ya se han dicho.» Esta terrible conducta enjugó mis lágrimas y endureció mi corazón. Desde ese momento, no me he impedido a mí misma el pensar en Walter Hartright. Dime, querida Marian, ¿qué otro, consuelo tengo?
-No me lo preguntes -y volví el rostro, sin ánimo para censurarla.
-Cuando mi marido me dejaba para dirigirse al foyer de la ópera, yo pensaba en Walter. Pensaba en lo que hubiera podido ser mi matrimonio si mi marido hubiera sido él y viviéramos los dos en una casa modesta, y yo vestida sencilla y limpiamente, ocupada en mi que hacer doméstico, mientras él ganaba nuestro pan. ¡Qué inmensa felicidad, renovada todos los días, al reunirnos! ¡Oh, Marian, quiera Dios que él no esté tan solo ni tan triste y que se vea obligado a pensar en mí de este modo!
Diciendo estas tristes palabras, su voz adquirió las dulces inflexiones del pasado. Sus ojos contemplaron aquel desolado paisaje con la misma tierna mirada que en Limmeridge.
-No hables más de Walter -le dije-. Piensa que este nombre podría llegar a oídos de tu marido.
-No le sorprendería -me dijo con una calma admirable.
-¿Qué quieres decir? -pregunté atónita-. Me asustas Laura.
-No es más que la verdad, y eso es todo lo que quería contarte. Cuando le descubrí mi inocente secreto, no le dije el nombre, pero lo ha descubierto más tarde.
Yo la escuchaba sin poder contestarle. Mi última esperanza bahía desaparecido con sus palabras.
-Ocurrió en Roma -continuó mi hermana-, en casa de un matrimonio inglés a quien Sir Percival me había presentado. Según decía, la dueña pintaba muy bien. Nos enseñó algunos de sus trabajos. Todos la felicitamos, pero por lo que emprendió que también pintaba. Le dije que, en efecto había pintado en otro tiempo, pero que ya había abandonado la pintura. Ella me dijo: «Hace usted mal. Si se anima a continuar sus estudios, te recomiendo al único profesor que ha conseguido sacar partido de mi. Es un muchacho de gran talento, y, además, un perfecto caballero. Se llama Walter Hartright. Estoy segura que ha de gustarle». Imagínate el efecto que me habían de producir estas palabras, dichas en público y de una manera tan inesperada. Hice lo que pude por disimular, pero cuando levanté los ojos vi los de mi marido fijos en mí y comprendí por su mirada que mis sentimientos me habían traicionado.
Mi marido dijo: «En cuanto volvamos a Inglaterra preguntaremos por él. Creo que tiene usted razón, señora.
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