La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.175
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¿Acaso la habría cerrado yo mal? ¿Tendría algún defecto? ¿O...? No quiero escribir la tercera suposición.
Con respecto al día de mañana, es indispensable tomar precauciones, vigilar al, conde y estar al cuidado del mensajero que me ha de traer la contestación.
IV
Día 17.
Laura y yo salimos solas. La tarde era calurosa y de intenso bochorno. Ni un poco de aire movía las copas de los árboles, y en la humedad de la atmósfera se presentía la cercana lluvia.
-¿Adónde vamos? -le pregunté.
-Hacia el lago, si te parece bien.
-Tienes mucha afición por ese lago triste y siniestro.
-No por el lago, sino por el paisaje que le rodea. Estas colinas arenosas me recuerdan un poco a Limmeridge.
Caminamos sin hablar. Las dos sentíamos la pesadez del aire oprimiéndonos, y nos alegramos cuando pudimos sentarnos en el interior de la cabaña.
-Todo esto es muy siniestro -me dijo Laura-. En efecto, tienes razón, pero aquí estamos más solas que en ninguna parte. -Miró en torno suyo y continuó-: Te dije ayer que te contaría la verdad de mis relaciones con mi marido. Ahora cumpliré mi palabra. Para ti, por duro que me sea e confesar lo que yo misma quisiera olvidar, no quiero tener secretos.
Sin contestar, cogí sus manos y me dispuse a escucharla atentamente.
-He oído que te reías muchas veces de tu pobreza, como tú la llamas - empezó mi hermana-, y me felicitabas por lo cuantioso de mi herencia. No lo hagas nunca más. Dale gracias a Dios por ella, que te defiende del destino que me ha correspondido a mí.
Era un triste principio para una mujer de veinte años y recién casada por añadidura.
-No quiero afligirte contándote cuándo ni cuáles fueron mis primeros desengaños. Basta con que yo los recuerde. Te contaré, sin embargo, un episodio, y por éste comprenderás los demás. Fué en Roma. Hacía un tiempo delicioso y fuimos a visitar la tumba de Cecilia Meteia. Sobre el magnífico paisaje se destacaba claramente las espléndidas ruinas. Viendo aquella obra maestra, consagrada por el amor de un esposo a perpetuar la memoria de su mujer, experimenté el deseo de que mi marido tuviera para mí una palabra cariñosa. «Puesto que antes de casarme afirmaba usted quererme tanto -le dije-, ¿seria capaz, en el caso de que yo muriera antes que usted, de construir para mí una tumba como ésta?» El se rió groseramente. Sólo me supo contestar: «Si yo hiciera construir para usted una tumba como ésta, sería con su dinero. Probablemente también esta mujer se lo habría dejado a su marido». Nada dije, pero los ojos se me llenaron de lágrimas.
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