La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.174
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-Tal vez sí.
-Pero, ¿no ves que ha intervenido con mucha cortesía por nosotros?
-Me dan mucho más miedo sus cortesías que las violencias de tu marido.
Bajamos la escalera. Entró Laura en el salón y yo me dirigí al buzón del castillo. La puerta de la casa estaba abierta. En la escalinata exterior vi al conde y a su mujer. La condesa llegóse a mi apresuradamente preguntó si podía disponer de cinco minutos y concedérselos. Sorprendido por sus palabras, dejé la carta en el buzón y le dije que estaba a sus órdenes. Con un afecto desacostumbrado en ella, me cogió del brazo y se dirigió conmigo hacia el estanque de los peces.
Yo esperaba oír de ella una confidencia extraordinaria, y me asombró ver que se trataba únicamente de decirme que mi conducta durante aquella mañana, según ella misma le había contado a su marido, le había producido la admiración más viva, y añadió que esto había aumentado su amistad hacia mí y su aprecio, y que, además, no ocultaba su desdén ante la incalificable manera de portarse de Sir Percival. Dijo luego que si al día siguiente no moderaba su actitud, estaba decidida a manifestar su desaprobación marchándose de la casa inmediatamente. Por parte de la condesa, una mujer tan fría y reservada, este proceder me pareció asombroso, y más aún después de las escasas simpatías que aquella mañana me había manifestado. Por consiguiente, le contesté con unas corteses palabras, y creyendo que nuestra entrevista había terminado, hice intención de marcharme.
No se dió por vencida la condesa. A pesar de ser la más silenciosa de las mujeres, comenzó a hablarme del matrimonio en general y de su felicidad en particular. Me hizo un minucioso relato de la injusticia de su difunto hermano con respecto a la herencia que le correspondía, y en virtud de todo esto, durante más de media hora estuvimos dando vueltas al estanque con el riesgo de que me mareara.
De pronto, pareció como si se diera cuenta de mi cansancio. Recobró su fría actitud de siempre y dejó caer mi brazo antes de que yo pudiera retirarlo. Cuando entré en el vestíbulo me encontré ante el conde, que depositaba una carta en el buzón. Me sonrió con amabilidad y me preguntó luego dónde había dejado a su esposa. Se lo dije y marchó a reunirse con ella.
¿Por qué me dirigí entonces al buzón, lo abrí y observé mi carta con una desconfianza vaga? ¿Por qué tuve la idea de que sería mejor lacrarla?, Es algo que no he podido nunca comprender.
De todos modos, me felicité por aquella idea. Comprobé que después de tres cuartos de hora de haberla cerrado, apenas rocé el sobre con el dedo se abrió fácilmente.
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