La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.173
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Por un momento, creí iba pronunciar el nombre que llevaba en el corazón. Después de casada, en menos de seis meses, las dos necesitábamos la ayuda de Walter, esa ayuda que tan generosa y desinteresadamente nos había siempre ofrecido.
Intenté que se tranquilizara, diciendo:
-Hablemos con calma y procuremos salir lo mejor que podamos de este mal paso.
Relacionando todo lo que ella sabía con respecto a las dificultades económicas de su marido, y teniendo en cuenta la conversación que yo había escuchado al notario, nos fué fácil comprender que la firma no tenía otro objeto que el de procurarse dinero. Pero aquella oposición en dejarnos ver el redactado del documento, me demostraba que era poco menos que un fraude. ¿Qué se podía esperar de un hombre brutal y egoísta, que durante todo el tiempo de prueba había representado un papel completamente ajeno a su verdadero modo de ser?
Después de mucho pensarlo, me decidí a escribir al único que podía ayudarnos en aquella desolada situación. Se trataba del socio y amigo del buen señor Gilmore, a quien éste, al verse obligado a abandonar temporalmente sus negocios, me había recomendado como una persona digna y de toda clase de confianza. Además, se trataba de un hombre de gran capacidad en ésta clase de asuntos.
Puestas mi hermana y yo de acuerdo, comencé a escribir inmediatamente la carta. En ella le hablaba claramente de la situación. Nada de lamentos ni retóricas; breve, pero con toda claridad.
Precisamente cuando escribí las líneas en el sobre, se presentó ante nosotras una dificultad.
-¿Cómo nos será posible tener oportunamente su contestación? -me preguntó Laura-. Este señor recibirá mañana la carta, y hasta pasado mañana no tendremos su respuesta.
El único modo de solucionar esta dificultad era usando de un mensajero especial. Añadí una postdata con estas instrucciones, diciendo, además, que en cuanto llegara al castillo el mensajero que no contestara a nada de lo que se le preguntara, y que no dejase la carta en otras manos distintas de las mías.
-En caso de que tu marido regrese antes -le dije a Laura-, creo que lo mejor será que estés en el campo toda la mañana, hasta la hora convenida. Yo me quedaré aquí para recibirle e impedir cualquier contratiempo. De acuerdo con este plan, creo que podremos tener éxito. Vayámonos ahora al salón y no despertemos sospechas estando encerradas aquí.
-¿Sospechas? ¿De quién, si no está Sir Percival? ¿Del conde?
-Tal vez.
-¿También a ti te desagrada?
-No, no es desagrado. Esta palabra implica siempre desprecio, y yo no, desprecio al conde.
-Entonces, ¿le tienes miedo?
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