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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.172

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Al pasar, lanzó una sombría mirada a su mujer, murmurando:
-Si usted no firma mañana...
El resto de la frase lo ahogó el ruido que se produjo al abrir el cajón. Cerró el escritorio y volvió a la mesa. Cogió los guantes y dijo a Laura como despedida:
-Acuérdese usted de mañana.
Luego salió como si los demás no existiéramos.
El conde lo esperó a que saliera del salón y se acercó a nosotras.
-Han tenido ustedes la desgracia de ser testigos de uno de los malos momentos de Sir Percival. Como me considero amigo suyo, lo siento y me avergüenzo de ello. Pero también, como antiguo amigo, les prometo a ustedes que mañana no volverá a repetirse esta lamentable escena que hemos tenido la desgracia de presenciar.
Le di las gracias cortésmente y salimos de la biblioteca. Le di las gracias, porque tenía el vago presentimiento de que él deseaba que yo continuara en aquella casa, en aquel castillo del que tan cercana me había visto de ser arrojada. En mi soledad no tenía más que su influencia, como único lazo que me sujetara al lado de mi hermana, y era de todo lo que yo tenía más.
El ruido del carruaje al partir nos indicó la marcha de Sir Percival. Laura me preguntó:
-¿Sabes dónde va, Marian? Cada cosa que hace, aumenta mi terror para lo porvenir.
No quise participarle del mío, y dije solamente.
-¿Cómo quieres que sepa lo que tú desconoces?
-¿Has oído lo que ha dicho el ama de llaves a propósito de Ana? ¿No habrá ido a su encuentro?
-Laura, después de lo que has sufrido esta mañana, no debes romperte la cabeza tontamente. Vente a mi habitarán y descansa un poco.
Las dos nos sentamos ante la ventana abierta, como deseando que la brisa refrescase nuestras frentes enfebrecidas.
-Después de ese insulto incalificable que por mí has sufrido, Marian, me da vergüenza mirarte. Se me desgarra el corazón pensando en todo esto.
-Calla, querida -dije, abrazándola-. Nada significa este pequeño sufrimiento de mi orgullo al lado de tu perdida felicidad.
-¿Oíste lo que me dijo? ¡Ah, hermana mía, si tú supieras cómo me ha tratado...! Y las palabras que me dijo cuando tiré la pluma... Si supieras tú lo que con ellas quería decir... Ahora no puede decírtelas. Me volvería loca de desesperación. No te enfades, Marian. Cuando esté más tranquila te lo contaré. ¡Me duele mucho la cabeza! Hablemos de ti. Si me niego a firmar, creerá que tú tienes la culpa y para evitarlo soy capaz de todo. ¿Qué te parece que debemos hacer? Si tuviéramos a nuestro lado a un fiel amigo en quien fiarnos.


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