La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.171
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Cuando me levanté para acudir en auxilio de mi hermana, oí al conde murmurar esta palabra: «Imbécil».
Laura se dirigió a la puerta. De nuevo habló la voz de Sir Percival:
-Así, se niega usted a firmar, ¿no es cierto?
-Después de las palabras que usted acaba de decir -exclamó ella con firmeza- le declaro terminantemente que no firmaré nada sin leer desde la primera hasta la última palabra de lo que sea. Marian, acompáñame. Ya hemos estado aquí bastante.
-Perdón, un momento -dijo el conde, interviniendo antes de que Sir Percival lo hiciera-. Perdón, Lady Glyde, se lo suplico.
Laura hubiera salido sin escucharle, pero yo la detuve diciéndole al oído:
-Por lo que más quieras, Laura, no hagas del conde un enemigo tuyo.
Laura obedeció. Se detuvo y volvió a cerrar la puerta. Las dos nos quedamos de pie ante ella. Sir Percival estaba sentado junto a la mesa y apoyaba su cabeza sobre su contraída mano. El conde, en medio de la biblioteca, era dueño absoluto de aquella situación, como lo era siempre en todas partes.
-Lady Glyde -dijo con esa tranquilidad majestuosa tan suya-, le suplico a usted que esté convencida de que mi intervención en este molesto asunto es hija del respeto profundo y sincera amistad que siento por la dueña de esta casa y continuando con seco tono hablando por encima del hombro, dijo-: Percival, esa cosa que aprieta usted con el codo, ¿es necesario que se firme hoy precisamente?
-Así lo es para mis planes y para mi deseo. Pero habrá usted observado que ambas cosas tienen sobre mi esposa muy poca influencia.
-Contésteme usted claramente a lo que le pregunto. ¿Se puede aplazar hasta mañana esa firma?
-Sí, si usted tiene empeño en ello.
-Entonces, no perdamos más el tiempo. La firma puede esperar hasta que usted vuelva.
-Está usted hablándome en un tono que no quiero sufrir más y que no estoy dispuesto a tolerarle a ningún hombre.
-Por su bien, se lo aconsejo -contestó el conde, con una sonrisa de tranquilo desprecio-. Serénese. Dele usted a Lady Glyde un poco más de tiempo. Seguramente ha olvidado usted que le está esperando el coche. ¿Le sorprende este tono? Es el de un hombre que sabe dominarse. Desgraciadamente, usted no puede decir lo mismo. Váyase, haga lo que tenga que hacer y mañana, de vuelta, insista otra vez, aunque en otros términos.
Sir Percival vaciló durante algunos momentos. Consultó la hora de su reloj y se levantó diciendo:
-Porque no tengo más remedio que marcharme, sigo su consejo, conde.
Cogió el pergamino y le dirigió a su escritorio.
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