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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.170

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Me puse en pie, como si me hubieran abofeteado. Si hubiese sido un hombre, en aquel momento le hubiese arrojado algo a la cabeza y habría abandonado su casa para siempre. Pero era una mujer, y quería tanto a Laura que me senté en silencio.
Ella, comprendiendo mi enorme sacrificio, se levantó y me abrazó con los ojos llenos de lágrimas. Llorando, murmuró en mi oído:
-Mi madre no hubiera hecho lo que tú haces.
-Venga usted y firme -dijo Sir Percival desde el otro lado de la mesa.
-¿He de firmar? -me preguntó Laura en voz baja-. Haré lo que tú quieras.
-No -le contesté-. El derecho y la razón están de tu parte. No firmes sin conocer antes el documento.
-Venga usted y firme -repitió Sir Percival gritando,
El conde, que no perdía nada de aquella escena, y cuya mirada estaba fija en nosotras dos, le dijo a mi cuñado:
-Percival, yo jamás olvido que estoy en presencia de señoras. Le ruego que lo recuerde usted también. Sir Percival estaba rojo de cólera, pero los dedos blancos del conde se clavaron en su hombro y la voz firme repitió: -Le ruego que lo recuerde usted también.
Se cruzaron las miradas de los dos hombres. Sir Percival bajó la cabeza lentamente. Aquella actitud me lo rebeló más como un hombre domado que convencido.
-No he querido ofender a nadie -dijo-. La terquedad de mi mujer es capaz de hacer perder la paciencia a un santo. Ya he explicado que se trata de una formalidad. En una esposa, está mal desconfiar de este modo de su marido. Por última vez, Lady Glyde, ¿quiere usted firmar? Lo haré muy gustosamente si me trata usted como un persona. Siempre que conozca su resultado, no me importa llevar a cabo un sacrificio.
-¿Quién habla de sacrificios? -exclamó con una vaga violencia.
-He querido decir que estoy dispuesta a hacer todas las concesiones posibles, siempre y cuando no perjudique a nadie. Si yo también tengo un escrúpulo, ¿por qué ha de ser usted menos complaciente conmigo que el conde con su esposa?
-¡Escrúpulos! -exclamó Sir Percival completamente encolerizado-. ¡Vaya con los escrúpulos! Ya es tarde para esto. Había supuesto que terminaría usted con ellos y con todas estas debilidades el día que se casó conmigo, haciendo virtud de la necesidad.
Laura, al oír estas palabras, tiró al suelo la pluma y le miró con una mirada que yo jamás había visto en ella y de la que nunca la hubiera creído capaz. Con el mayor desprecio le volvió la espalda.
Me paralizó el terror. Aquellas palabras encubrían para mi algo que yo ni siquiera sospechaba, pero que suponía terrible.


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