La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.169
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Mojando la pluma en tinta, se la ofreció a Laura diciendo:
-Firme usted aquí. La señorita Halcombe y el conde lo liarán luego. Querido conde, venga usted conmigo. Ser testigo de una firma no es tan sencillo como fumar delante de las flores de una ventana.
El conde tiró su cigarrillo y se acercó a la mesa contra la cual Sir Percival apretaba el pergamino, con una expresión siniestra y agitada en el rostro. Parecía más un presidiario ante un juez que un caballero en su casa.
-Firme usted aquí -repitió.
-¿Qué es lo que he de firmar? -preguntó Laura tranquilamente.
-No tengo tiempo de explicarlo. Me espera el coche y he de marcharme inmediatamente. Por otra parte, tampoco usted lo entendería. He de legalizar un documento lleno de tecnicismos, incomprensible para las mujeres. Bien, firme usted enseguida y terminemos cuanto antes.
-Antes de poner mi nombre, Sir Percival, necesito saber de qué se trata.
-Tonterías. No entiende usted nada de negocios
-Probemos a ver si lo entiendo. El señor Gilmore siempre que ha tratad
un asunto conmigo, me lo ha explicado, y no he dejado nunca d
comprenderlo
-No lo dudo. El era un servidor a sus órdenes, y era su deber hacerlo así
Yo no tengo esa obligación. ¿Hasta cuándo vamos a estar de este modo
¿Quiere usted firmar, si o no
Laura continuaba con la pluma en la mano, sin acercarla al pergamino
-Si mi firma me obliga a algo, necesito saber a qué
Sir Percival golpeó la mesa diciendo
-Puesto que tan amiga es usted de decir la verdad, diga que desconfía d
mí
El conde tocó a Sir Percival en el hombro, diciéndole
-Cálmese, Percival. Su esposa tiene razón
-Una mujer no tiene nunca razón para desconfiar de su marido
-Es usted injusto -contestó Laura-. Le ruego que pregunte a m
hermana si soy desconfiada
-No necesito tener que preguntarle nada. No tiene nada que ver con est
asunto
Yo, hasta entonces, no había dicho una palabra, y hubiera sido much
mejor que hubiese continuado así, pero me sublevó la injusticia de su cuñado.
-Perdone usted, Sir Percival -le dije. Me ha rogado usted que sirva de testigo. Esto me da derecho a creer que algo tengo que ver con este asunto, y considero que me parece muy razonable lo que Laura dice. Por mi parte, he de decirle que no podré hacer testigo mientras no sepa de qué se trata.
-La próxima vez que se meta usted en casa ajena, señorita Halcombe - exclamó Sir Percival, furioso-, procure usted no pagar la hospitalidad que le den poniéndose de parte de la mujer y en contra del marido.
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