La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.168
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-Le ruego que baje -me dijo-. La culpa es de Fosco, y no mía. Ha puesto determinados reparos a que su mujer sirva de testigo. Esto me obliga a rogarle a usted, señorita Halcombe, que me acompañe a la biblioteca.
Cuando entramos, estaba Laura sentada ante la mesa de escritorio y enroscaba en sus dedos las cintas de su pamela. No muy lejos de ella, la condesa, acomodada en un sillón, contemplaba silenciosamente a su marido. El conde se acercó a mí y me dijo:
-Señorita, le ruego que me disculpe por la molestia que le ocasionó. Habrá usted oído decir en muchas ocasiones que los italianos somos un poco suspicaces. No pretendo ser el mejor de mi raza. Me parece poco correcto y sujeto a controversia que, siendo yo testigo, lo sea también mi mujer.
-Esto no tiene aquí ningún fundamento -dijo Sir Percival-. Las leyes inglesas lo autorizan.
-Bien. Las leyes inglesas dirán que sí, pero la conciencia del conde Fosco dice que no. Ignoro en qué consiste el documento que va a firmar Lady Glyde, pero la necesidad de dos testigos supone dos opiniones; entre nosotros no hay más que una. Si en alguna ocasión pudiera ser discutido este documento, tal vez se me reprochará haber ejercido una coacción sobre mi esposa, y rechazar por lo tanto su testimonio. Hablo, naturalmente, en favor de los intereses de Sir Percival, no de los míos. Por este motivo, me parece más correcto que actuemos como testigos yo, como el amigo más directo del marido, y la señorita Halcombe, como la pariente más próxima de Lady Glyde. Si quieren ustedes, seré muy meticuloso, y serán muchos mis escrúpulos y minuciosidades. Pero tengo una angosta conciencia y espero sean ustedes tan amables como para concederme este honor en gracia a la suspicacia italiana.
Me parecían justos los escrúpulos, del conde. No obstante, no sé por qué razón, aumentó mi repugnancia de verme mezclada en aquel asunto. Por consideración a mi hermana únicamente consentí en continuar allí.
-Me quedaré aquí -dije-. Serviré de testigo, si no encuentro por mi parte escrúpulo alguno.
Sir Percival me miró como si quisiera decirme algo, y viendo que la condesa, como obedeciendo a una señal de su marido, disponíase a salir de la biblioteca, le dijo:
-No tiene usted por qué marcharse, señora.
La condesa se detuvo, pero habiéndole reiterado la orden el conde, una muda orden, naturalmente, dijo que prefería dejarnos a solas, y salió con decisión.
Una vez solos, Sir Percival abrió uno de los cajones del escritorio y sacó de él un pergamino varias veces doblado. Desdobló únicamente el último pliego, de tal modo que no podía verse lo que estaba escrito antes.
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