La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.167
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¿No vió má
que al ama de llaves
-Creo que no
-Entonces -añadió el conde-, ¿por qué no consultar a esa mujer
-Creo que tiene usted razón. Hemos de hacer esto. He sido un estúpido no comprendiéndolo enseguida.
Y nos dejó para regresar inmediatamente a casa.
El conde, apenas hubo marchado Sir Percival, pareció de mostrar una viva curiosidad por conocer lo ocurrido. Comenzó a hacerme preguntas con respecto a la señora Catherick, y a pesar de que yo le respondía todo lo más lacónicamente que me era posible, la consecuencia fué que a los pocos minutos sabia tanto como yo del caso.
Resulta muy curioso el efecto de mis informaciones. Estoy segura de que a pesar de la evidente intimidad que existía entre el conde y mi cuñado, no sabia absolutamente nada de cuanto se refería a Ana Catherick. El misterio que rodea a esta desventurada se ha engrandecido a mis ojos al tener la convicción de que Sir Percival lo ocultaba hasta a sus mejores amigos.
Continuábamos hablando y paseando. Al llegar a la casa vimos el coche de Sir Percival que aguardaba a la puerta. Comenzaban a verse los efectos del interrogatorio.
-Excelente caballo -exclamó el conde, con su familiaridad aristocrática-. ¿Va usted a salir? -preguntó al joven que sujetaba al caballo.
-No, señor -contestó el muchacho, señalándose el traje.
-Sale el amo solo.
-¡Ah! -exclamó el conde-. Y cansará a este animalito yendo muy lejos, ¿no es cierto?
-Lo ignoro, señor, pero, si usted me lo permite, le diré que «Molly» es una yegua de enorme resistencia. El amo no la usa sino para largas distancias.
-De lo que se deduce, señorita Halcombe -dijo el conde dirigiéndose a mí-, que Sir Percival se va lejos.
No contesté, pero sospechaba yo también adónde se dirigía.
Al entrar en la casa encontramos a Sir Percival. Me pareció descubrir que estaba pálido y agitado. Sin embargo, nos dijo con toda cortesía:
-Lamento vivamente verme obligado a abandonar la grata compañía de ustedes. Me fuerza a ello un asunto que reclama mi presencia y supongo estaré de regreso mañana por la mañana. Quisiera antes dejar terminada una pequeña formalidad en cuestión de negocios. ¿Quiere usted, Laura, hacerme el favor de pasar a la biblioteca? No la entretendré más de un minuto. Se trata de una pequeña formalidad. Condesa, conde, si no es molestia para ustedes, les necesito como testigos para una firma.
Me quedé sola en el vestíbulo, oprimido el corazón por amargos presentimientos. Lentamente, me dirigí a mi alcoba. Aun no había abierto la puerta cuando oí que me llamaba mi cuñado.
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