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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.166

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..! Usted me considera una mala persona porque digo lo que otros piensan y se callan. Pero voy a poner en movimiento mis piernas de elefante antes de perjudicarme más en su concepto. Voy a pasear un poco, diciendo, cómo su inmortal Sheridan: «En pos de mí dejo la sombra negra de mi fama».
Dejó la jaula sobre la mesa y al contar los ratones lanzó un grito de horror.
-Uno, dos, tres, cuatro... ¡Falta uno! -exclamó-. ¡El más pequeño, el más blanco, el benjamín!
A pesar de que el cinismo del conde nos había trastornado un poco, no pudimos contener la risa ante el espectáculo de un hombre tan grande angustiándose por una cosa tan pequeña. Nos levantamos y no tardaron sus penetrantes ojos en descubrirlo debajo de una silla. Cuando se levantó, después de haberlo recogido, temblaba su mano de tal manera que casi no pudo meterlo dentro de la jaula.
-Percival -exclamó con voz ahogada-, venga aquí.
-¿Qué ocurre?
-¿No ve usted nada ahí? -preguntó, donde el ratoncillo se había encontrado.
-Arena seca y basura -exclamó Sir Percival encogiéndose de hombros.
-No es basura -exclamó el conde-. Es sangre.
Laura se volvió hacia mí estremecida de horror.
-No te asustes, querida -le contesté-. No te alarmes. Es la sangre de un perro.
Todos me miraron estupefactos.
-¿Cómo lo sabe? -exclamó Sir Percival.
-El día que llegué al castillo encontré aquí a un perro moribundo. Según parece, su guarda lo mató.
-¿De quién era? -preguntó Sir Percival
-¿No trataste de salvar al pobre animal? -preguntó Laura
-Sí, pero fué inútil. Murió casi enseguida
-¿De quién era? -volvió a preguntar mi cuñado
Recordé entonces los deseos de la señora Catherick de que permanecier

oculta su sita. Pero había ya dicho demasiado para poder callar
-Me dijo el ama de llaves que pertenecía a la señora Catherick
Sir Percival estaba dentro de la cabaña en aquel momento. Yo hablab

desde fuera. Al oír este nombre, me preguntó con actitud preocupada
-¿Y cómo sabía el ama de llaves que era suyo
-Ella lo trajo -contesté con tranquilidad
-¿Adónde
-A esta casa
-¿Y qué diablos venía a hacer a esta casa? -preguntó con una groserí

mayor que las palabras, mientras yo protestaba volviéndole la espalda

-Mi querido Percival -dijo la voz persuasiva del conde, con una gra
suavidad
Sir Percival miró en torno suyo furiosamente, y el conde repitió su

conciliadoras palabras. Sir Percival me siguió algunos pasos. Me qued

atónita cuando le oí disculparse diciendo
-Perdóneme, señorita Halcombe, estoy nervioso y me irrito sin motivo
pero me gustaría saber qué es lo que buscaba aquí esa mujer.


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