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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.165

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Y tú, mi querido y lindo ratón, ¿qué opinas de todo esto? Supongo que para ti el hombre virtuoso es el que te proporciona la comida y te da abrigo, ¿no es cierto? Tal vez tengas razón.
-Perdón, conde, un momento -le dije-. En Inglaterra, por lo menos, tenemos la virtud de proteger a los débiles e indefensos, y aborrecemos el derramamiento de sangre inocente, tal como ocurre en los países bárbaros y con el pretexto más trivial.
-Muy bien dicho, Marian -exclamó Laura.
-Le ruego que permitan ustedes al conde que continúe la discusión -dijo la silenciosa condesa-. Siempre sabe qué es lo que tiene que decir.
-Muchas gracias, querida -dijo el conde-. ¿Quieres un bombón? - Sacó entonces una bombonera de plata y nos ofreció su contenido diciendo: -Chocolate a la vainilla, ofrecido por el conde Fosco en homenaje a esta selecta y encantadora reunión.
-Continúa, conde -dijo su esposa, mirándome rencorosamente- Contesta a la señorita Halcombe.
-Seria necesario ser un sabio o un santo para contestar a la señorita Marian. Yo tengo la desgracia de no ser ninguna de las dos cosas -dijo el italiano cortésmente-. Sin embargo, lo intentaré tiene usted toda la razón, señorita. Inglaterra es como una vieja dama que aborrece los crímenes. John Bull no quiere sangre. Es el primero en censurar todo lo que hacen sus vecinos, pero no es tan listo que vea sus propias faltas ¿Le cree usted así mejor que las sociedades que él condena? Aquí, como en las demás naciones, el crimen vive con cierta tranquilidad. La cárcel en la que el crimen termina su carrera, ¿es acaso mejor que el asilo donde la virtud termina la suya? Cuando los filántropos se deciden a hacer una buena obra, mejoran, por ejemplo, la comida de las cárceles, que, aunque mala, es, al fin, comida. Y, sin embargo, no se le ocurre socorrer a la gente que se muere de hambre en una mísera choza. ¿Cuál es el profeta que ahora prefieren las damas? Chatterton. Empezó robando y acabó suicidándose... Ven, ratoncito mío. Por un momento conviértete en una virtuosa señorita. Te diré que si te casas con el hombre elegido por tu corazón, y da la casualidad que este es pobre, todos tus amigos te mirarán con lástima y te despreciarán. Pero si por casualidad vendes tus encantos a un rico, aun cuando te repugne, todos se harán lenguas de tu talento y celebrarán tu buena, suerte. El ministro de una religión pura sancionará esta prostitución tan vil. Risas y cumplidos harán coro en torno suyo. Bien, presto, conviértete de nuevo en ratón, porque así estarán libre de todas estas cosas... ¡Ah, Lady Glyde.


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