La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.164
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-También lo afirmo yo -dije, acudiendo en auxilio de Laura.
No sé por qué, Sir Percival, que había acogido tan alegremente la afirmación de su esposa, se incomodó al escuchar la mía, puesto que rompió el bastón que estaba puliendo en aquel momento y, tirando con furia sus pedazos al suelo, salió de la choza.
-Pobre Percival -dijo el conde compasivamente-. Es una víctima del
spleen inglés. Querida señora, ¿creen ustedes, por cierto, que lleva el
crimen aparejado consigo el castigo? Y tú, ángel mío, ¿lo crees también?
-Esperaré conocer más de este asunto -observó Leonor con cierto reproche-, antes de emitir un juicio ante personas tan bien informadas.
pues, quedamos en que el crimen lleva aparejado el castigo y se descubre siempre al criminal, ¿no es cierto? el conde, acariciando a uno de sus ratoncitos-. ¡Ah, señoras! ¿Cómo pueden ustedes hacerse eco de una dad semejante? Pregúntenle a los jefes de policía si es verdad lo que ustedes dicen. Por ventura, ¿no han ado ustedes nunca en los periódicos noticias con respecto a cadáveres cuyos asesinos no han sido ertos jamás? Ahora bien, sumen ustedes los casos de los cadáveres que se han encontrado, y piensen en los se encontrarán, y piensen también en los casos que se conocen y en los que se ignoran. ¿Qué conclusión ían ustedes como resultado? Muy sencilla: que hay criminales que se dejan coger por tontos y otros que alento y que permanecen desconocidos. Cuando gana la policía, todo el mundo lo sabe, pero todos ignoran pierde. Lo que ustedes dicen está bien por lo que respecta a los crímenes que se conocen, pero no a los que an.
-Todo esto está muy bien razonado -dijo desde la puerta Sir Percival,
que había vuelto a la cabaña.
-En efecto, puede estar muy bien razonado -dije yo. Lo que no acabo de
comprender el por qué el conde Fosco toma la defensa, o parece tomarla,
de los criminales de talento, y por qué Sir Percival la aplaude de este modo.
-¡Qué le parece a usted, Fosco! -exclamó Sir Percival-. Le aconsejo
que haga las paces. No se meta usted nunca con mujeres. Dígales siempre
que lo mejor es la virtud.
El conde rió silenciosamente, pero su risa alarmó a los ratones, que
paseaban sobre su chaleco. Cortésmente, dijo:
-Estas señoras son, precisamente, las que deben hablarme de virtud. Son
las que la representan sobre la tierra.
-Es asombroso -dijo Sir Percival- lo que se le ocurre siempre a est
hombre
-Por lo, que a mí se refiere -continuó el conde-, en los distintos países que he recorrido he encontrado tantas clases de virtud, y han afirmado todos que la suya es la cierta, que he acabado por no saber a qué atenerme.
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