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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.163

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Todos nos dirigimos hacia el lago, y Sir Percival se nos adelantó casi en seguida. Era característico de sus paseos separarse de quienes le acompañaban, y entretenerse luego esperándoles cortando ramas y confeccionando bastones que tiraba en seguida. Todos entramos en la cabaña abandonada, excepto el marido de Laura, que se quedó afuera, arreglando su último bastón.
Laura preparó la labor y la condesa sus cigarrillos. Yo me quedé inmóvil, sin hacer nada, pues soy tan torpe para las labores como puede serio un hombre. El conde se sentó en una silla baja, que crujió bajo su peso formidable, y comenzó a jugar con sus protegidos.
El cielo estaba cubierto de nubes. Un viento fuerte baniboleaba las copas de los árboles, y sobre el lago veíase el rápido huir de las nubes, aumentando la desolación del siniestro paraje.
-Hay gentes -dijo Sir Percival- que encuentran este lugar muy pintoresco. A mí me parece abominable. En cuanto me sea posible, lo convertiré en un sembrado. ¿Qué le parece a usted, conde Fosco? ¿No le parece un lugar a propósito para un asesinato?
-Mi querido Percival, los ingleses no tienen vista para nada. No son seguros en sus cosas. Hay que tener en cuenta que estas agrias son poco profundas para esconder un cadáver. La arena que la rodea conservaría la huella del asesino. No me parece éste un lugar a propósito para cometer ningún crimen.
A estas palabras, Laura volvió el rostro y miró con gran antipatía al conde, pero éste hallábase muy ocupado con sus ratones y no la vió.
-Lamento -dijo mi hermana- que considere este paisaje desde tan fúnebre punto de vista, y que rechace la idea del asesinato únicamente por las dificultades del terreno. Hubiera sido mucho mejor rechazarla horrorizado, porque estas cosas inspiran siempre horror a los hombres sensatos.
-Querida señora -dijo el conde-, estas ideas son maravillosas, y muchas veces he tenido ocasión de leerlas en excelentes libros del colegio.
-Conde -replicó Laura-, es muy fácil reírse de todo pero no conseguirá demostrarme nunca que un hombre de talento sea capaz de ser un criminal.
-Como siempre, tiene usted razón, signora -observó-. El criminal tonto es el que descubre su crimen. El crimen del hombre de talento está oculto siempre, y, por lo tanto, ése no es criminal. -Laura, prepare usted sus baterías -dijo Sir Percival Dígale que el crimen lleva aparejado el castigo. Conde Fosco, ésta es también otra máxima moral para usted.
-Yo así lo creo -dijo Laura firmemente.
Sir Percival rió tan ruidosamente que todos nos sobresaltamos, y el conde estuvo casi a punto de dejar caer los ratones.


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