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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.162

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Te repito, Laura, que sabe más que nosotras.
-Pues te ruego que no le preguntes nada. No te confíes a él.
-Me parece que le tienes demasiada antipatía. ¿Ha hecho algo para merecerla?
-Nada, Marian, al contrario. Me ha colmado de atenciones durante el viaje, y en muchas ocasiones ha impedido las genialidades de mi marido. Tal vez me desagrade ver que tiene sobre Percival mucha más influencia que yo. Tal vez, también, no me agrade deberle estos favores. En fin, no sé. Lo único que puedo decirte es que no es santo de mi devoción. El día transcurrió sin que ocurriera nada digno de mención. Por la noche, después de cenar, jugué con el conde al ajedrez, y me dejó ganar dos partidas por cortesía. A la tercera, me dió mate en cinco minutos. Mi cuñado no habló una sola palabra de la visita del notario, pero, ignoro por qué, parecía de excelente humor. Estaba particularmente atento con su mujer, de tal modo, que hasta la impasible condesa se dió cuenta de ello. ¿Qué significaría esto? Me da miedo averiguarlo, y estoy segura de que el conde lo sabe también. En varias ocasiones he visto a Sir Percival mirarle como si pidiera su aprobación.
Día 17.
Hoy ha sido un día de acontecimientos. Quiera Dios que no tenga que añadir también que lo ha sido de desastres.
Por la mañana, cuando Laura y yo esperábamos a la condesa para nuestro paseo matinal, entró de pronto Sir Percival preguntando por el conde.
-Estamos esperándole -le repuse.
-Tanto a él como a su esposa - me dijo les necesito en la biblioteca. Es un asunto de negocios y es preciso que esté presente también Laura. -Calló un momento y, viéndonos vestidas, preguntó-: ¿Salen o llegan?
-Pensábamos pasear hacia el lago -contestó Laura pero si usted tiene otro proyecto...
-No, no -contestó apresuradamente-. Mis proyectos pueden esperar. Da lo mismo que hablemos después de comer. ¿Conque van ustedes hacia el lago, no? Me parece una excelente idea y desde luego, me sumo a la partida.
Era fácil comprender que por la prontitud con que había pospuesto su proyecto al de los demás, alegrábase retardando la formalidad reparada por el notario.
No tardaron en reunirse los condes a nosotros. La dama llevaba consigo la inseparable bolsa de terciopelo bordada en oro en la que se guardaba el tabaco y, el papel para los cigarrillos. El conde llevaba su pagoda con los ratoncillos, a los cuales sonreía.
-Les pido a ustedes mil perdones por hacerme acompañar de esta pequeña familia, sacándola a dar un paseíto, pero los perros que hay en la casi harían que no me sintiera tranquilo dejándolos expuestos a ellos.


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